viernes, 20 de abril de 2018

99


años cumpliría hoy Dasha.

¡Cuánto daría —cuánto— por verla y platicar con ella! Aunque fuera un rato, un ratito nomás. Y contarle muchas cosas, como que me faltan tres capítulos para acabar el primer borrador de la segunda novela. Ella me impulsó tanto para terminar la primera (aunque ahora sé que aún le falte trabajo para ser novela).

Y decirle que la extraño, mucho. Todo.

Que recuerdo cuando me contó que a sus cuarenta y pico, una vez se puso a limpiar su cepillo para el pelo. Se encontró ahí un puñado de canas y se preguntó de quién serían esos cabellos blancos. Entonces se dio cuenta, claro, de que eran de ella.

Que recuerdo cuando me dijo que de lo único que se arrepentía en su vida era de no haber ahorrado para su vejez.

Me gustaría que habláramos más de la vejez. De mi vejez. Y de la menopausia. Y de mis azotes.

Siempre fue una escucha tan amorosa y compasiva.

Me encantaría acompañarla al súper y verla moverse en su carrito motorizado, con cierto temor de que chocara contra una torre de algún producto muy acomodado.

O irnos a tomar una sopa de cebolla a nuestro lugar preferido en Tepoztlán.


A falta de todo eso, le dejo por aquí una flor cumpleañera, del jardín de otra amiga:




 Y recuerdo, también, las miles de fotos de flores que saqué en el jardín de su casa.
De las primeras con mi camarita rosa.

lunes, 16 de abril de 2018

Invitado: Dilgo Khyentse Rinpoché


Un tesoro raro y precioso 


Conocer a alguien que realmente te lastima es encontrarte con un tesoro raro y precioso. Ten a esa persona en alta estima y saca el mayor provecho de la oportunidad para erradicar tus defectos y avanzar en el camino. Si aún no puedes sentir amor y compasión por quienes te tratan mal, es un signo de que tu mente no se ha transformado completamente y de que tienes que seguir trabajando en ello con dedicación incrementada.


Fragmento de mural de Orozco en el Hospicio Cabañas













Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

domingo, 15 de abril de 2018

De bebidas, recuerdos y Jalisco 1


Yo fui a Guadalajara por primera vez cuando tenía 11 años (sí, me parece que fue el mismo año que fui a Disneylandia, pero antes). De hecho, el viaje a la ciudad de mi abuela Rosa ("tapatía venturosa" como ella se calificaba) fue la primera vez que volé en avión. Recuerdo también que llevaba mi cámara instamatic de Kodak. La única imagen tomada con ella que sobrevive (en mi memoria) es la de una Ciudad de México desde el aire (a nuestro regreso) cubierta por una espesísima nata entre café y gris. Debe haber habida alguna, quizá, del Teatro Degollado, pero no estoy segura.

No volví a la capital de Jalisco sino hasta el verano de hace cuatro años, a visitar a mi tía Marisa. Ese mismo año, regresé en diciembre a presentar un libro y volví a visitar a mi tía (fue la última vez que la vi). En esas ocasiones, no paseé mucho.

Y esta Semana Santa estuve de vuelta, ahora sí de turista, guiada por nuestros amigos del teatro, oriundos de Jalisco. Y paseamos muchísimo, tanto que tres días rindieron como quince.

Hicimos las visitas obligadas en el centro de la capital: el Hospicio Cabañas, el Teatro Degollado, la catedral. 









Y probamos nuestro primer tejuino, a la salida del hospicio. No fue el mejor, pero sí una buena introducción a esta cerveza de maíz, típica de la zona. Al día siguiente, probaríamos uno buenisísimo en San Pedro Tlaquepaque: más oscuro y sin nieve, solo con sal y limón. Es súper refrescante y rico y alimenticio (y un favorito de Demian).

En aquel viaje hace 44 años, con mi abuela, mis papás y seguramente mi hermano, no tomamos tejuino (casi seguro), pero sí visitamos Tlaquepaque. Yo lo recordaba como un lugar muy bonito, aunque no tenía imágenes claras. Efectivamente es un sitio muy lindo para pasear y tiendear y echarse una típica cazuela: bebida a base de jugos de cítricos, refrescos con sabor a cítrico y un caballito (carísimo) de tequila, en el Parián.







(foto tomada por Grace)


Y hasta acá Guadalajara, bueno esto sin contar las comidas típicas que también probamos: lonches, tortas ahogadas, carne en su jugo, o sea, mi dosis de carne para el resto del año.

Continuará este relato, fuera de Guadalajara, allá por la tierra de las tolvaneras...

jueves, 12 de abril de 2018

Invitado: Padampa Sangye





Confiesa tus defectos ocultos.
Acércate a lo que te resulta repulsivo.
Ayuda a quienes te crees incapaz de ayudar.
Lo que sea a lo que estés apegado, suéltalo. 
Ve a los lugares que te asustan.




(Estas cinco enseñanzas suelen atribuirse a Machig Labdron; pero fue su maestro, Padampa Sangye, quien se las dio a ella.)


Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

domingo, 8 de abril de 2018

.....55.....

Hace tres días, el 5, cumplí 55 años. Mi amiga Fuensanta lo llamó "tu día capicúa de tres". Me encantó y me recordó a mi amiga Ángela, que hace muchos años me enseñó el significado del término "capicúa" que resulta que viene, ni más ni menos, del catalán cap-i-cua (cabeza y cola, hasta donde entiendo).

Y entonces me puse a repasar mis cumpleaños capicúa anteriores para ver qué había marcado aquellos años:

11 — Hice un viaje a Disneylandia, con mis papás y mi hermano

22 — Me fui de casa de mis padres, tras un novio hindú y tras de mí misma

33 — Nació mi hijo Santiago, que este año tendrá su segundo capicúa, en agosto

44 — A 4 años de mi divorcio, y después de un amor maravilloso y fallido, me encontraba con otro amor, maravilloso y fallido, lejos de casa

55 — Mi hijo se ha ido de casa (a sus casi 22), bueno, ya se había ido, pero ha dado varios pasos más en la construcción de su propio camino


Y así se pasa la vida, entre cumpleaños capicúa y los que no lo son. Y me celebro y me celebran. Este año, el mero día transcurrió en Chimal, con el cariño y los apapachos múltiples de mi comadre, María Eugenia.

Para muestra un botón, mi pastel de cumpleaños, un "chorreado de chocolate", horneado y decorado con todo cariño por ella, agradecido y disfrutado con todo cariño por mí:









domingo, 1 de abril de 2018

tolvanera




Del lat. turbo, -inis 'remolino'.
1. f. Remolino de polvo.

Yo, en realidad, nunca había visto una hasta hace unos días cuando recorrí la carretera entre Guadalajara y Ciudad Guzmán en Jalisco, donde pasamos la Semana Santa. Había usado el término, sí, pero lejos estaba de saber que una tolvanera de verdad, como las que tienen lugar en este camino (donde hay incluso señales al borde de la carretera para prevenir a quienes transitan por ahí) puede aniquilar la visibilidad y peor en la noche, cuando el polvo, además, refleja la luz.





A nosotros nos tocó esta de escala muy menor pero aun impresionante. Al final del camino nos esperaban Sayula, primero, y luego Ciudad Guzmán. Y resulta que es por estos rumbos, claro, donde anduvo Pedro Páramo, donde los intelectuales de la zona han ubicado el llano en llamas o donde se puede visitar a la virgen de Talpa, más milagrosa incluso que la de Zapopan.





Así un trocito del viaje a los países de nuestros amigos Grace y Octavio.
(Ya vendrán más.)

miércoles, 21 de marzo de 2018

Malentendido


Antier llevé a mi hijo a la estación de camiones. Iba de regreso a México.

Me pidió que estacionara el coche y lo acompañara, pues faltaban 10 minutos para que saliera su transporte. Imposible. Había muchísimo tráfico y ningún espacio para dejar el auto.

No hubo más remedio que acercarme a la entrada de la terminal y orillarme, como hacen muchos, para que se bajara, con todo y su equipaje (mínimo).

Enfrente de mí, había un auto haciendo lo mismo. Una señora bajaba varios bultos de la cajuela y los iba amontonando en la banqueta. Se veía que iba a tardar un rato, el mismo que yo tendría que esperar hasta que ese coche se moviera y pudiera yo circular.

Para facilitar la salida de Santiago y podernos despedir, tomé mi bolso y lo recargué sobre el volante. Sin querer, toqué el claxon. De inmediato, el chofer del auto de enfrente empezó a manotear furioso y a decirme cosas que no alcancé a escuchar. Yo a mi vez intenté disculparme y explicarle que el claxonazo había sido un accidente, que no tenía intención ni de apresurarlo ni de molestarlo, que estaba yo en una situación similar...

Inútil afán.

Pasados unos minutos, cuando su mujer y su hijo (supongo) ya estaban en la estación, arrancó. Yo arranqué detrás de él, sintiéndome culpable y apenada. Él probablemente seguía enojado (como me habría sentido yo si alguien me hubiera tocado a mí el claxon.)

Y me quedé pensando cuántas veces sucede que reaccionamos a algún estímulo de manera automática sin darnos un espacio mínimo para intentar ver la situación desde otro ángulo. Y entonces juzgamos, nos peleamos y llegamos incluso a matarnos unos a otros.

domingo, 18 de marzo de 2018

Pasatiempo


1. m. Actividad de diversión o entretenimiento en que se ocupa un rato de ocio.

La cosa se pone más interesante con "ocio":

Del lat. otium.
1. m. Cesación del trabajoinacción o total omisión de la actividad.
2. m. Tiempo libre de una persona.
3. m. Diversión u ocupación reposadaespecialmente en obras de ingenioporque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas.
4. m. pl. Obras de ingenio que alguien forma en los ratos que le dejan libres sus principales ocupaciones.

Y sí, daría para muchísimos comentarios, aun libros, hablar de esto, sobre todo en pleno siglo XXI. Pero dejémoslo para otra ocasión.

Hoy solo diré que uno de mis pasatiempos favoritos es acompañarte cuando ves un partido de futbol, sobre todo de la liga inglesa (más si uno de los cronistas es escocés): Tú, sentado en el sofá de la sala, con una o dos gatas a los lados. Yo, sentada en la mesa del comedor coloreando un mandala o mi libro para iluminar.

De futbol entiendo poco, menos en inglés, aunque me gusta cómo suena. Colorear me relaja.

Y tenerte cerca, un ratito, cada dos semanas o así, es mucho más que diversión o entretenimiento o inacción o tiempo libre. Es como robarle a la vida un trozo del ayer, mientras acabo de acostumbrarme al hoy.



 


jueves, 15 de marzo de 2018

De tortillas y preguntas


Ayer fui a comprar tortillas, aprovechando que tenía sesión con una pareja y el changarrito donde las hacen está frente a mi consultorio. Doña Mago, que ha visitado este blog aquí y acá, es quien suele estar al pie del comal. Pero ayer, no. En su lugar, una chica más joven estaba al mando de las gorditas, las quesadillas y familia. Como yo tenía el tiempo justo, me limité a encargarle dos docenas. Pasaría a recogerlas una hora después, le dije. Accedió.

Cuando volví, me dijo que aún no las hacía, porque había sacado unos pedidos. Le dije que la esperaría y que me hiciera solo una docena. Y me senté a verla trabajar.

Entonces empezó a hacer bolitas de masa, aplastarlas en la máquina para hacer tortillas y colocarlas sobre el comal. ¿Cómo sabrá cuando están cocidas?, me pregunté (temiendo que no le quedaran tan buenas como a doña Mago). Mientras aplastaba más bolitas, iba volteando las que estaban sobre el comal. A veces las dejaba un rato más del mismo lado.

Y entonces, la magia: Cada circunferencia de masa empezó a inflarse y diferenciarse en un reverso y un anverso. ¿Cómo se sabe cuál será el derecho y cuál el revés? ¿Cómo hace el aire para meterse por el medio y transformar la masa en lo en algunos lugares llaman "sapos" (tortillas infladas)? ¿O será el aire mismo que tiene la masa dentro? ¿Por qué un lado (el revés) es más grueso que el otro (el derecho, que es como un piel delgada, casi transparente, de maíz)?

Y la chica, cuyo nombre no alcancé a averiguar, colocaba las tortillas más cocidas encima de las más crudas y el peso las ayudaba, paradójicamente, a inflarse. Creo. (Algún físico tendría explicaciones mucho más precisas, seguro.)

Y entonces llegó una señora mayor, chaparrita, clienta de doña Mago, pues preguntó por ella (todos en la zona la conocemos) y ordenó una gordita de chales. Pero la chica seguía haciendo mis tortillas. Y entonces un montón de 3 o 4 tortillas empezó a deslizarse por el comal, impulsado por el aire y el calor, y llegó a la orilla, donde hubiera caído, a no ser por el dedo oportuno de la clienta que esperaba su gordita.

Ni las ha pagado y ya que se quieren ir, broméo la tortillera. Sí, ¿verdad?, le contesté yo. Y entonces aproveché para preguntarle por doña Mago. Está de vacaciones. (Muy merecidas, comentó otro cliente recién llegado.) Volverá en una semana y media o dos.

Para entonces, mis tortillas ya estaban listas. ¿Va a querer la otra docena? La próxima vez, gracias.

Y la mujer empezó a meter las tortillas, ardientes, en una bolsa.

¿No tiene papel? Se me olvidó mi trapo. No. Pero le voy a poner una servilleta. ¿Para que no se pegue la bolsa? No, para que usted no se queme.

Y en efecto, con todo y servilleta, si no ha sido por otra bolsa que llevaba con mis cosas y que usé para sostenerlas, las tortillas posiblemente habrían acabado en el suelo.

Llegando a casa, saqué las tortillas de la bolsa y las fui separando, deshaciendo el montón original y haciendo uno nuevo. (Como todo mexicano sabe, y yo aprendí gracias a mi tía Olga o a mi abuela Rosa o a ambas, si no las despegas cuando aún están calientes, recién llegadas, después será imposible y acabarán hechas pedazos.)

Para terminar, me preparé una de las tortillas, aún muy caliente, con mantequilla y sal
y la hice taco.
Deliciosa.
Y me olvidé de todas las preguntas sobre su origen.
Hasta la próxima vez.

domingo, 4 de marzo de 2018

Tiempo de jacarandas


Como cada año.
Comienzan tímidas en febrero (y a mí me da por pensar que así se quedarán).
Y luego llega marzo y los manchones morados invaden la ciudad.
Y vendrá abril. Y seguirán. Y habrá alfombras de flores en las calles.

Y me sorprende, cuando les pregunto a mis alumnos si han visto las jacarandas, que me respondan con otra pregunta: «¿Qué son jacarandas?»
Pobres, pienso, nadie se las ha enseñado.

Y me sorprende que una de mis compañeras de trabajo las odie porque le dan alergia.
«¿Cómo se puede odiar algo tan bello?», me pregunto.

Y averiguo que así, con el acento en la penúltima sílaba, se les llama en México, en Honduras y en El Salvador. Que en los demás países son agudas: jacarandás, del guaraní, yacarandá.




Y aquí una de las primeras que atrapé este año en el espejo 
retrovisor de mi Antuanito.



Y acá, al fondo, en la barranca al final de los edificios donde vivo, ese manchón morado inconfundible.









Y esta, entre cables, afuera de mi consultorio.






Y recuerdo que fue Tatsugoro Matsumoto, uno de los primeros inmigrantes japoneses que llegaron a América Latina (al Perú, primero, y luego a México), quien las introdujo en nuestro país. Y lo gugleo y me entero, también, de que la idea original era llenar la Ciudad de México de flores de cerezo, como se había logrado en Washington con los 3 mil árboles de cerezo que, a principios del siglo pasado, les regaló el alcalde de Tokio, Yukio Ozaki.

Pero Matsumoto advirtió que eso no pasaría en la capital mexicana, pues acá no había el cambio brusco de temperatura entre el invierno y la primavera que necesita el cerezo para florear. Y entonces sugirió las jacarandas (que él había traído de Brasil y reproducido en sus viveros). Este árbol, dijo, tendría las condiciones climatológicas adecuadas para florecer al princpio de la primavera y sus flores, dijo también, durarían más dada la ausencia de lluvia en la Ciudad de México en esa época. Y así fue. Los árboles morados se adaptaron tan bien que ahora se consideran flora nativa.


Y a mí, además, me han acompañado en diversas momentos.
De amor.
Y de desamor.
Como esta, que hoy cuelga en un muro de mi casa.
Pintada hace 21 años.
Mi regalo en mi primer cumpleaños ya con Santiago a mi lado.


Para mi más claro amor, su jacaranda en flor.