viernes, 17 de febrero de 2017

Invitado: Khenpo Tsultrim Gyamtso Rinpoché


Alerta total
Si te has estado sintiendo bajoneado, pesado o deprimido, levanta tu mente, aviva la confianza en ti mismo, enciende un estado mental intensificado y pon tu atención en alerta total.


















Compuesto por KTGR en Rocky Mountain Dharma Center, en el verano de 1991.
Traducido al inglés (original, aquí) por Jim Scott.
Traducción al español e imagen, mías.

martes, 14 de febrero de 2017

2 chocolates


Hace 31 años, si no me fallan las cuentas, o sea, el 14 de febrero de 1986 celebré (creo que por primera vez) el famoso San Valentín. Sí andaba con mi primer novio, o el primero con el que las cosas llegaron a más. Recién me había ido de casa de mis padres y vivía con una amiga que me había prestado una habitación. El susodicho, un hindú algunos años mayor que yo y varios centímetros menor, había regresado a la ciudad después de una estancia en Cancún y habíamos "formalizado" la relación.

Recuerdo que yo venía del trabajo, era maestra de inglés en el Centro de Lenguas de la UNAM, y se me ocurrió comprarle un Hershey's. Temía ser cursi, pero igual me arriesgué. Quedamos en encontrarnos en casa de mi amiga. Creo que yo llegué primero. Creo que al mismo tiempo extendimos la mano para ofrecernos el regalo del día del amor. El de él también era un Hershey's. Como de una tercera parte del tamaño del que yo había elegido.

Ya no celebramos otro San Valentín.


Y aquí la rosa que hoy me regaló una de mis alumnas de secundaria
para celebrar la amistad.


lunes, 13 de febrero de 2017

3


Ayer mi hijo se fue de casa por tercera vez. Y por tercera vez se me rompió el corazón. (Y las que faltan... si de esto nomás se trata la vida, de que se rompa y crezca el corazón.)

Y sé que es para bien. De él. Mío. De nuestra relación. Sé que es sano. Sé todo eso. Y me alegro. Y me duele.

Y sé que el dolor es pasajero, que es parte de la vida. Y que la vida sigue. Luminosa y oscura. Oscura y luminosa.

Y sé que son mis heridas viejas. Abandonos viejos, que nada tienen que ver con él. Pero igual se disparan. Y de nueva cuenta, los veo, los reconozco, los trabajo y los vuelvo a soltar.

La primera vez se fue a vivir a la Ciudad de México y así fue la despedida. No duró mucho. Volvió a casa después de un par de meses. La segunda se fue a Europa y fue tan fuerte que ni despedida escribí. Esta separación duró 10 meses. Eso sí, cuando regresó, fue una fiesta. Y ahora vino la tercera, más inesperada que las anteriores. Quizá más definitiva. Esta vez, me da a mí, también, la oportunidad de irme. De seguir mis propios sueños.

Y al vivir esta tercera vez, me acordé de cuando yo misma me fui de casa de mis padres, un poco más grande de lo que él es ahora. Yo me fui dos veces. En ambas me corrieron a la voz de "Eres una puta". Después de la primera, volví cuando me aseguraron que las cosas cambiarían. Que ya era una adulta. Que si avisaba dónde estaba no habría problema. Cuando avisé, como habíamos quedado, y me colgaron el mismo apelativo, me fui definitivamente. Volví solo como visita, intentando cerrar algunas cosas que habían quedado abierta. Quizá uno no acabe de irse por completo. Quizá siempre queden pendientes por cerrar. Pero igual la vida sigue y uno con ella.

Así son los procesos. A veces llevan tiempo. A veces llevan varios intentos.

Mis mejores deseos para ti, changuito, en este intento. Yo también intentaré seguir cerrando mis propios pendientes.

Cuenta conmigo siempre. Donde quiera que estemos. Como quiera que estemos.




Aquí nuestras sombras vespertinas, la tarde de la despedida, antes de una rápida ida al súper.


domingo, 12 de febrero de 2017

transparencia

o escabulléndome continued 2

Ya en otras dos ocasiones (aquí y acá) había empezado a compartir reflexiones, propias y ajenas, sobre el proceso de escritura, en particular el de escritura de mi novela. Hoy por hoy va avanzando a buen ritmo, me parece. A veces más fluido, a veces menos. Como la vida.

Y sigo comprobando, con cada paso, cómo el camino de escribir no está separado del de vivir. (Así como el de vivir no está separado del de meditar.) Claro, si estamos dispuestos a prestar atención a lo que hacemos, a cómo lo hacemos, a lo que nos gusta de nosotros mismos en el proceso de hacerlo y a lo que no nos gusta.

Yo, por fortuna, cuento con la compañía constante y comprometida de Isa, mi profe y editora, que puede ver a través de mis escritos con una claridad impresionante. Entonces me señala los patrones habituales en que caigo (no solo en la escritura sino en la vida) a través de lo que escribo. (¡Fascinante!)

Y así he descubierto cómo soy transparente. Cómo me dejo ver a través de las palabras que elijo y las que no, de lo que cuento y de lo que me reservo, de la prisa con que me escabullo de lo que estoy contando, para dejar de sentir que me quemo. (Porque así sucede, aún me quemo al contar la historia.)

Ahora ya he aprendido a manejar mucho mejor las escenas (con sus coordenadas de tiempo, lugar y acción). Y lo que toca es quedarme en ellas, recrearlas más, profundizar, pringarme, aunque a veces siga teniendo ganas de salir corriendo.

El señalamiento más importante que me hacía Isa a propósito de la primera versión del capítulo 8 es cómo, al utilizar las perspectivas de los dos personajes (él y ella, Fernando y Andrea), en lugar de mantenerme solo en la de él, el protagonista, me estoy evadiendo también, de otra manera. En sus palabras:

No sé si puede ser que cambiar a la perspectiva de Andrea a ti te sirva para evadirte de la tensión de permanecer en el punto de vista de Fernando. Da la impresión de que a veces te «escurres» hacia los ojos de Andrea, de que te fuese más fácil ponerte en ese lugar y que permanecer en el otro te enfrentase a cosas que no quieres ver, y también te llevase a hacer reaccionar al personaje en algún sentido que prefieres reprimir.

Ufff. Pillada por completo.

Y continúa así Isa dando en el clavo con esa precisión tan suya:

O sea, ¿no pueden quedar aquí algunos restos de tu dificultad para empatizar con Fernando? Esto que te digo ya no tiene tanto que ver con mis percepciones como lectora, como con lo que sé sobre el proceso de construcción de la novela a partir de algo real. Simplemente es una mera hipótesis que te invito a contemplar, por si coincide con tus propias impresiones. Si fuera así, ahí estaría la clave de por qué no funcionan bien las dos perspectivas mezcladas; no sería porque no puedan funcionar bien, sino porque una de ellas la uses para evadirte de la otra.

Y que si coincide con mis propias impresiones. Al 100%, ahora que lo veo yo también con claridad. Y contemplar y ver son el mejor aliciente para seguir escribiendo y descubriéndome. Gracias, Isa, muchas gracias.


Y para cerrar me traigo una imagen de transparencia y calcetines de un aparador que se me cruzó en Madrid en diciembre pasado de camino a la presentación de Incómodos, junto con la aspiración de poder seguir viendo con claridad:


martes, 7 de febrero de 2017

Volver


Y no necesariamente con la frente marchita, es encontrarse con pedazos de uno mismo que se quedaron de alguna manera guardados en otros espacios, acunando otros tiempos. Así me pasó hace poco más de una semana cuando mi amiga Ángela me invitó a comer a casa de su mamá un domingo, después de haberme ofrecido "mi" habitación de siempre en su propio departamento durante un par de noches.


Fue llegar a la casa de Maruchi, en la vieja y querida Del Valle, y venírseme encima una multitud de recuerdos, así como la oportunidad de compartirlos con la mamá de mi amiga. "Ya sabía yo que si te quedabas con mi mamá no pararían de hablar", me dijo Ángela mientras ella ayudaba a su sobrina con la tarea. 


Luego llegó el sobrino, casi de la edad de mi hijo, y nos sentamos a comer en el antecomedor de toda la vida, con puerta al jardín, donde Maruchi les tira migas a los pájaros que entonces se acercan a comer. 


Y sí han pasado más de 40 años desde que en casa nos reuníamos a hacer tareas de la escuela, como modelado en barro o monteas e isométricas (que hoy no tengo ni idea qué son) que nos llevaron incluso a la casa de los yayos de Ángela, un departamento sobre el Parque Hundido. (También acabamos yendo allí de visita después de la paella del domingo.) Y fue en el cuarto de Ángela en esa misma casa donde usé por primera vez una computadora, para pasar en limpio mi tesis de licenciatura, siguiendo las instrucciones que mi amiga me dejaba por escrito, desde cómo encender la dichosa máquina hasta cómo perderle el miedo.  


Y nos acordamos cómo cuando teníamos dudas sobre la ortografía de una palabra (si se escribía con "s" o con "c"), le pedíamos a Maruchi que la pronunciara (ceceando, claro) y así se nos despejaban. O cómo siempre había queso Philadelphia a la hora de la comida. O la manera en que nos apoderábamos de la mesa del comedor cuando nos tocaba hacer algún trabajo en equipo. O la primera vez que hicimos una tortilla de papa, siguiendo las instrucciones ancestrales.


Así que volver es mucho más que regresar. Es reencontrar viejos cariños y constatar que siguen vigentes. Es hallar un sentido de continuidad, por efímero que sea, en la propia vida, donde los trozos que creíamos perdidos, o habíamos olvidado, encuentran su lugar de nueva cuenta en el, también transitorio, rompecabezas de nuestra existencia.

domingo, 5 de febrero de 2017

s:i:l:e:n:c:i:o:


Cuando estoy en transición, o cuando la transición es tan evidente que me doy cuenta que estoy en ese hueco entre lo que dejó de ser y lo que apenas va a ser, no me dan ganas de hablar. Me dan ganas de quedarme callada. En silencio. Y qué contradictoria resulta, entonces, mi necesidad de ponerle palabras a lo que me pasa... Así son las cosas. A veces.

Y estos días ando en transición. Pero el silencio que necesito no es hacia dentro (el diálogo conmigo misma me ayuda a entenderme o, si no, me acompaña sin tener que dar explicaciones). El silencio que necesito es de afuera. O sea, no me dan ganas de entablar conversación con nadie, ni aun con las amigas que se preocupan por mí y están al pendiente. Lo sé. Lo siento. Y lo lamento. Así son las cosas. A veces.

Mi hijo está por irse de casa por segunda vez. Y sí, sé que es lo mejor, para él y para mí y para nuestra relación. Sé que sobreviviré e incluso lo disfrutaré. (Ya lo hice antes.) Pero igual duele. Un poco. Se reavivan esas historias viejas de abandonos. Mías y solo mías. Y ya duelen menos, pero todavía un pelín. Así son las cosas. A veces.

Y en la escuela donde trabajo, me redujeron las horas de clase a la mitad (con un buen plan de liquidación y demás), pero igual asusta. Perder algo con lo que contaba. Y sí, también me da la oportunidad de pensar en hacer realidad sueños de siempre. Y en esas estoy. Atreviéndome a vivir la libertad.  Así son las cosas. A veces.

Y entonces me encontré en el Facebook con este poema. Y me encantó. Y lo transcribo.

Las tres palabras más extrañas
(de Wislawa Szymborska, en versión de Abel. A. Murcia Soriano)

Cuando pronuncio la palabra futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra nada,
creo algo que no cabe en ninguna no existencia.


Y en el cielo una luna nueva. Llena de esperanza. En un espacio de oscuridad, iluminado por ella misma.















miércoles, 1 de febrero de 2017

p.a.r.e.i.d.o.l.i.a


Aviso:
La palabra pareidolia no está en el Diccionario.

Esto me encontré cuando consulté a la RAE. (Quizá algún día el término encuentre su lugar ahí. Uno nunca sabe.) Entonces hube de recurrir a google para enterarme de lo que se trataba (y cumplir con un reto más del grupo de fotografía). Y el hallazgo fue interesante.

Wikipedia explica aquí que se trata de un fenómeno psicológico donde un estímulo vago y aleatorio (habitualmente una imagen) es percibido erróneamente como una forma reconocible. Es decir que la pareidolia (derivada etimológicamente del griego eidolon (εἴδωλον): ‘figura’ o ‘imagen’ y el prefijo para (παρά): ‘junto a’ o ‘adjunta’, según consta en el mismo lugar) va más allá de simplemente "observar rostros humanos en cuerpos inanimados" (como señalaba un integrante del grupo), sino que alude a un fenómeno mental muy común (descrito con mucha precisión en las enseñanzas budistas sobre la mente y su funcionamiento) que consiste en proyectar etiquetas sobre aquello que interpretamos según unas cuantas pistas y nuestra propia visión y experiencia (muchas veces cristalizada en forma de prejuicios), o sea, algo que hacemos todo el tiempo.

Quizá lo más peligroso es que tendemos a creernos esas etiquetas proyectadas y actuamos como si fueran reales y sólidas. Y para muestra, el mundo nos ofrece hoy millones de botones, encabezados por el presidente de nuestro vecino del norte. Por otro lado, también nos da la oportunidad de reconocer ese patrón en nosotros mismos (que no es privativo del hombre anaranjado). Una vez reconocido, podemos empezar a trabajar con él para transformarlo y eventualmente soltarlo. Entonces empezaremos a ver las cosas como son, no como quisiéramos que fuera o como nos aterra que sean.

Pero en fin, más allá de la digresión, sí que me encontré una imagen simpática tomada hace algunos años (junio del 2013) en el jardín de la casa donde tengo mi consultorio. Ya cada quien proyectará su historia particular o simplemente sonreirá:


jueves, 26 de enero de 2017

g.r.u.p.o.


Esta fotografía pretende ilustrar el vocablo:


grupo
Del it. gruppo.

1. m. Pluralidad de seres o cosas que forman un conjuntomaterial o mentalmente considerado.

Aunque también podría llamarse "Tres pescadores y Pasífae".

O viaje a un tiempo (casi) feliz, a orillas del Mediterráneo.

O en el espigón de la playa de Ribes Roges, en Vilanova i la Geltrú.

Así la vida...

sábado, 21 de enero de 2017

v.i.o.l.e.t.a.s


Yo, hasta que me casé, no supe que tenía buena mano con las plantas, el "pulgar verde", que le dicen en inglés. Mis papás no eran muy afectos a ellas, ni las recuerdo en el departamento de la Narvarte, donde vivieron toda la vida. Si acaso, habrá habido flores en un jarrón para alguna ocasión especial. Eso sí, para un cumpleaños un amigo de mi papá me regaló una orquídea que cuidaba yo con mucho celo en mi recámara, pero su primera flor murió bajo el embate de la rabia de mi hermano. Y supongo que fue entonces cunado decidí renunciar al cultivo de flores.


Pasaron los años y me casé con Adrián y juntos nos fuimos a vivir a la casa que mi papá había construido en Chimal (donde tristemente él nunca alcanzó a habitar). Nos llevamos, entre otras cosas, la planta del amor, que provenía de mi departamento de soltera y que floreó por primera vez estando él y yo juntos (como cuento aquí y acá). La planta iba ya en una maceta con tierra, después de haber empezado su vida en agua.


Una vez instalados en Chimal, Adrián me dijo un día que la maceta le quedaba chica a esa planta del amor y que necesitábamos trasplantarla, empresa que yo jamás había acometido. Entonces él me enseñó cómo. Aprendí que hay que tratar la raíz con cuidado, pues es delicada, y no dejarla mucho tiempo expuesta al aire para que no se seque. O sea, preparar las cosas de tal modo, que una vez fuera de la maceta vieja, la planta entrara rápido en la tierra de la nueva, con suficiente agua. Tampoco hay que preocuparse si la planta se alacia un poco después del proceso. Más o menos pronto, revivirá (casi siempre).


También las violetas llegaron hace muchos años a mi vida, en especial una color vino, tirando a morado, que me regaló una amiga y que vive aún en una maceta de talavera que compramos juntas en Puebla. Y luego vinieron las demás y me fui especializando en su cultivo, aprendiendo a criarlas, a reproducirlas. Mi secreto: poca agua (solo la suficiente), buena tierra (sin nada especial) y no hablarles (porque dicen que no les gusta).


Hace un par de semanas, el último día de vacaciones de la escuela, le dediqué a la jardinería una mañana, en el patio de lavado de mi casa, y logré la hazaña de separar tres violetas que habían nacido en una misma maceta. Con mucho cuidado, les desenredé las raíces y planté cada una en su propia maceta. Las tres sobrevivieron. Y sí, es algo de trabajo encargarse de todas ellas, regarlas e incluso desempolvarles las hojas de vez en cuando, pero es una de las maneras en que yo misma enraízo en mi casa y encuentro mi sitio en el planeta.

viernes, 20 de enero de 2017

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché


ÉXITO Y FRACASO

Una relación continuada con el mundo fenoménico no se basa en un buen resultado o en uno malo. Confiamos incondicionalmente en que el mundo fenoménico nos dará 
siempre un mensaje, ya sea éxito o fracaso. El fruto de nuestra acción siempre nos brindará información. El éxito siembra las semillas del fracaso y el fracaso podría traer un éxito posterior. Así que se trata siempre de un proceso dinámico. No nos animamos diciendo: "¡Mira! Estoy en el lado correcto. Soy un éxito". Ni sentimos que se nos está castigando cuando fracasamos. En cualquier caso, el éxito y el fracaso están diciendo lo mismo.


en el camino 2


Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

martes, 17 de enero de 2017

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché


DISPOSICIÓN A ARRIESGARNOS

Si aceptamos un reto y damos los pasos para lograr algo, el proceso dará resultados: ya sea éxito o fracaso. Cuando siembras una semilla o plantas un árbol, la semilla germinará y el árbol crecerá, o se morirán. De forma similar, confianza significa que sabemos que nuestras acciones traerán una respuesta certera de la realidad. Sabemos que nos llegará un mensaje. Confiar, entonces, es estar dispuestos a arriesgarnos, sabiendo que lo que sube tiene que bajar, como dicen por ahí. 



en el camino

Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

sábado, 14 de enero de 2017

/ enfoque / selectivo /


Aquí encontré la explicación de lo que esta frase significa en fotografía: El enfoque selectivo no es más que jugar con la profundidad de campo y el enfoque, buscando un ajuste de estos dos que ayude a destacar más unos objetos u otros en una foto. Lo que hacemos con el enfoque selectivo es dejar nítido el sujeto a destacar y emborronar lo demás. Así al ver la foto los ojos se centrarán en ese sujeto nítido.

Ni mi cámara ni yo somos tan hábiles en los aspectos técnicos, pero eso sí, juntas y sin proponérnoslo, nos salen imágenes que coinciden bastante con estas explicaciones. (Por cierto que en estos días, me estoy despidiendo de ella, de mi minicamarita rosa, que ya empieza a estar muy cansada y a no siempre responderme. De hecho, ya tengo su reemplazo, otra cámara pequeña del mismo color aunque de marca diferente, que obtuve a cambio de puntos de mi tarjeta —primera vez que hago algo así—, pero no me he animado aún a sacarla del empaque en el que llegó mientras andaba yo en Madrid.)

Ayer que llegué a casa y el balcón recibía la luz del sol en pleno, descubrí que una de las cactáceas que ahí vive se había llenado de flores. (A mi casa el invierno llegó así, floreando. Dentro, todas mis violetas, o casi, han empezado a desperezarse y a llenarme de color los rincones.) Y, claro, me lancé al balcón cámara en mano y mi ojo y el lente se pusieron de acuerdo, tácitamente, para hacer este enfoque selectivo (sin mayor participación de mi parte):


Y a propósito de ángulos y enfoques, hoy pensaba que el enfoque selectivo más beneficioso en la vida es el que se hace sobre el presente, sin andar con tantos miedos y esperanzas, tantos viajes al pasado y tantas anticipaciones del futuro. (Menos mal que las enseñanzas que he escuchado tantas veces de pronto se van colando en la vida de todos los días.)

jueves, 12 de enero de 2017

/ plano / cenital /



Así se veía la Torre de Belém hace ya cerca de 3 años, un día de mayo. Y resulta que a este tipo de toma se le llama cenital (tema del grupo de fotografía para hoy). Para lograrla, se coloca la cámara desde arriba, totalmente perpendicular al piso. Quizá en mi fotografía no sea válido lo de "totalmente", pero bastante cercano quedó el ángulo.

Un ángulo es también un punto de vista, o sea, el modo (o modos) de considerar un asunto o cualquier otra cosa. Hoy me sorprendo volviendo a Lisboa, otra vez. Allí donde me sentí tan acompañada y tan amada. Pero hoy el abandono duele menos, aunque el tema, como me señalaba hace poco mi amiga Joana, está aún tierno ("muy" decía ella...). Hoy me deleita (aun con saudade) el recuerdo de la ciudad blanca y se reaviva el anhelo de volver. Hoy el fantasma de verde sigue transformándose en personaje de novela. Y así hasta que la transmutación se complete.

Y como me aconsejaba Joana (cuyas palabras valoro y agradezco de corazón), quizá como escritora "es mejor para la creación que permanezcas colgada de la magia de este larguísimo amor, que se retroalimenta por la distancia y los contratiempos". Qué bonita manera de decirlo. 

Hoy descubro que el ángulo es más novedoso que azotado. Con más luz y menos nubes.

miércoles, 11 de enero de 2017

if i were a train i'd be late (again)



c:e:p:i:l:l:o:


Cada tanto, el grupo de fotografía me da la oportunidad de volver al rancho de mi tía Marisa. Hoy el tema era "cepillo", sí, ese "instrumento hecho de cerdas distribuidas en una armazón, que sirve para distintos usos de limpieza" y para peinarse, digo yo. (Interesante resulta que la palabra proviene del diminutivo de "cepo", que entre otras cosas, es un instrumento de tortura, un artefacto para cazar animales u otro instrumento para devanar la seda antes de torcerla. Quién lo diría.)

Así que me lancé al archivo fotográfico (una carpeta en mi disco duro externo) y llegué hasta el verano del 2010. Ahí busqué y encontré el baño de la casa de mi tía, el que correspondía a la habitación principal, la suya por supuesta, y que se encontraba después del vestidor (en el cual permitía que se colocara un catre para colocar a alguna visita de confianza, o sea, yo, por ejemplo). El cuarto de baño (con su lavabo, ducha, bañera, inodoro y otros sanitarios, como el bidé) tenía el toque inconfundible de mi tía, que cuidaba hasta el último detalle de todos los espacios que habitaba.

Afortunadamente para mi objetivo, dos discretos cepillos de dientes se asoman en la esquina inferior izquierda: el pretexto perfecto para publicar la foto en el grupo el día de hoy. Y de paso, me la traje para acá no sin cierta nostalgia y un aroma a Heno de Pravia, el jabón verde que no faltaba nunca en el lavabo de Marisa, que era, además, uno de dos, lo cual a mí siempre me pareció un gran lujo. Y una rosa, claro, porque a la belleza no se le restringe el paso nunca...




viernes, 30 de diciembre de 2016

:2:0:1:6:


Es víspera de Nochevieja y el año se acaba. Y empezará uno nuevo (casi seguro). Y así se cierran y se abren ciclos y, a veces, nos da, me da por hacer recuentos de lo vivido (otras, no). Esta vez tocó que sí.

Dos mil dieciséis fue un año intenso, en muchos niveles, personales y mundiales. Quizá porque coincidió (en gran parte) con el Año del Mono de Fuego de calendario tibetano (o chino), que ya decían que se venía con mucho movimiento. Hubo enfermedades, pérdidas, sufrimientos a gran escala. Y hubo también solidaridad, sabiduría, compañía a gran escala.

Para mí fue un año de contrastes. En un extremo el enormísimo susto por el accidente de Santiago (clavícula rota, operación de emergencia, cuidados, recuperación), que me brindó el apoyo de un montón de personas, alguna cercanas y otra más distantes, que se aparecieron en nuestras vidas, convocadas o no por nosotros, cuando más las necesitábamos. También me ayudó a reconocer la fuerza que tengo (de la cual tantas veces he dudado): para actuar cuando hay que hacerlo sin mucha cancha para pensar, sino resolviendo y punto (con los recursos que haya o buscando los necesarios).

Y en el otro extremo, pero quizás por obra de esa fuerza recobrada (como en los autos híbridos, me decía Evelyn, que generan su propia energía a partir de la gasolina), la decisión, aparentemente intempestiva, de cruzarme el Atlántico para asistir a la presentación de Incómodos, la antología publicada por RELEE que recoge 24 reltados (de entre una selección de 50), incluyendo mi "Fecha de caducidad". Y así, me pasé una semana en Madrid, con amigas de hace unos años, como Berna, o de toda una vida, como Ana. Me reencontré con mis compañeros de los talleres virtuales de escritura creativa, como Joana y Jaime y con mi profe y editora, Isa. En la presentación, leí mis frases incómodas, junto a mis coautores, y firmé algunos libros. Y descubrí la sensación de gozo que surge de ver cristalizada mi pasión por las letras, de compartirla con amigos, de atreverme a ir más allá de lo que creía posible. Y luego dos o tres cañas para brindar, ¡claro!

Hoy, a punto de iniciar el 2017, me quedo con las hermosas palabras que la propia Isa me regalaba hace unos días en la conversación que, por Navidades, sostuvimos en el foro del grupo de Proyectos Narrativos: Espero de corazón que en el 2017 tu novela llegue a buen puerto, aunque creo que con tu actitud, la verdad, no hay mal puerto que valga, porque eres capaz de hacer de las tormentas tu estandarte, como los mejores piratas.

Ojalá que en 2017 podamos trascender, personal y globalmente, los obstáculos que parecen oscurecer el camino y encontrar que tenemos dentro de nosotros la luz para ir construyendo un mundo más amoroso y compasivo. Yo espero seguir siendo como el mejor de los piratas y lanzarme al mar una y otra vez.


Aquí, el Colón madrileño hace unas cuantas noches, cuando un autobús se hizo luz,
como hace la vida
(y la aspiración de volver a verlo pronto):


c u soon madrid

jueves, 29 de diciembre de 2016

c . o . l . a . c . i . ó . n


En la octava acepción de la RAE para este término, consta que en Argentina, Colombia, Ecuador, El Salvador, Honduras y México, es una golosina hecha de masa moldeada en diferentes formas y recubierta de azúcar

No tengo idea de qué estará hecha la dichosa masa, pero para mí "colación" es sinónimo total de DECEPCIÓN, así con mayúsculas. Y como este año me encontré compartiendo la anécdota detrás de este hecho varias veces, creo que ya toca escribirla y soltarla.

El contexto fue un intercambio de regalos en la escuela. Quizá no fuera navideño. Pudo haber sido para el día del niño. El caso es que yo tendría 7 u 8 años y cursaba la primaria. La indicación de la maestra fue que lleváramos un regalo "unisex". Y mi mamá compró unos lápices, Fantasy me parece, aunque también podían haber sido Prismacolor. Venían en una caja de plástico transparente, acostados uno al lado del otro y su principal gracia es que eran bicolores: En doce lápices, había 24 colores: ¡2 en cada uno! A mí me encantaron y supongo que di por hecho que aquel regalo me aseguraba a mí uno igual de lindo.

Y entonces llegó el momento. Yo entregué los lápices (no recuerdo a quién) y a mí me entregaron (sí recuerdo bien quién —no lo he olvidado nunca— pero lo mantendré en el anonimato, pues como me señalaron sabiamente mis alumnas de 3o: "Podría estar en Facebook, miss" y está) un bolsa de pan arrugada y con colación, sí, con esos asquerosos dulces de masa, duros, pintados dios sabrá con qué.

Aún recuerdo la mezcla de incredulidad y decepción. ¡Cómo así si yo había regalado unos lápices divinos! Y entonces decidí, instintivamente, que tenía que cambiar esa abyecta bolsa por lo que fuera. Por cualquier cosa que me salvara de la ignominia.

Lo más que logré fue a convencer a alguien (tampoco recuerdo a quién) para que aceptara mi "colación" y me diera a cambio unos jabones marca Avón, uno verde y otro amarillo, en forma de autos de carreras. ¡Horrendos! Pero cualquier cosa era mejor que la bolsa de papel de estraza arrugada y con unos cuantos dulces en el fondo.

La verdad es que después de aquello, he participado en varios intercambios donde me ha ido bastante bien, pero siempre con cierto miedo de que algo similar pudiera repetirse. Este año, compartí la anécdota con mis colegas y con mis alumnos y pude ver cómo quedan restos aún de mis sentimientos de entonces (quizá sería buen material para terapia).

Afortunadamente en el intercambio navideño de hace unos días, el alumno a quien le tocaba regalarme me dio un chal hermoso (de mi color favorito) y, además, un perfume. 


¡Gracias, Manuel, por ayudarme a dejar ir un poco más mi vieja frustración infantil!

martes, 27 de diciembre de 2016

Invitado: Chagdud Tulku Rinpoché


No agobies a los demás con tus expectativas. Entender sus limitaciones puede inspirar compasión en lugar de desencanto, asegurando relaciones beneficiosas y trabajables. Recuerda que el tiempo juntos es corto. Agradece cada día que compartan.


Santiago y yo





















Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Invitado: Dilgo Khyentse Rinpoché


No hay emoción de la cual no puedas deshacerte, porque las emociones son simplemente pensamientos, y los pensamientos son solo como el viento moviéndose a través del espacio vacío. No son nada en realidad.


despidiéndome de madrid


Original en inglés, aquí.
Traduccion al español e imagen, mías.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Día de Navidad


Amanece silencioso. Muy silencioso. Encima es domingo. Así que el silencio es doble. Y a mí me amanece silenciosa el alma. Claro. Siempre me pasa en estas fechas. Aunque este año la tristeza ha sido ligera ligera. El viaje a Madrid y la publicación y presentación de Incómodos (de todo eso tengo pendiente una entrada larga) indudablemente han contribuido al buen ánimo durante "las fiestas". De hecho me preparé estando allá para tener algo de antídoto antigrinch. Aquí un arbolote de Navidad tomado desde el autobús una noche volviendo a casa con Ana por la Castellana:



















Pero igual de pronto se cuelan las ausencias y las nostalgias y las fantasías de lo que pudo haber sido y no fue. La verdad es que también yo anduve conjurando fantasmas y alguno respondió, aun indirectamente. Y eso es como patear un avispero. Ahora solo queda esperar a que los recuerdos avispa, las ansias avispa, la soledad avispa se vuelvan a asentar. Que lo harán. Sin duda. Y seguramente se seguirán transformando en novela.

Y acá otro árbol navideño en Madrid, muy cerca de Colón:



Y para cerrar (y por si las dudas), unas uñas festivas, por si a algún fantasma
le da por ponerse necio: