martes, 12 de diciembre de 2017

mi primer amor


Hoy en el FB, mi amiga Àngels me etiquetó en esta imagen. Le podía haber preguntado: "¿Me sabes algo o me hablas al tanteo?"

Por supuesto que sabe más que algo de mí. 

Después de compartirla en mi muro, me quedé pensando con qué héroe (o antihéroe) de ficción me casaría yo. La respuesta fue inmediata: Rochester, el de Jane Eyre.

Luego pensé un poco más. Debe haber otros, me dije, aunque Rochester no les estaba dando espacio. Con un poco más de esfuerzo, invoqué al más que constante Florentino Ariza, al Baltazar de la Blimunda de Saramago o al profesor Snape de Harry Potter.

Pero, sin ninguna duda, con quien me casaría si pudiera es con Rochester. O sea, mi primer amor en el ámbito de las letras sigue manteniéndose intacto. (O soy igual de necia en la ficción que en la realidad.)

lunes, 11 de diciembre de 2017

Invitado: Ajahn Chah





No trates de convertirte en nada.
No trates de volverte nada.
No seas un meditador.
No te ilumines.
Cuando te sientes, déjalo ser.
Cuando camines, déjalo ser.
No te aferres a nada.
No te opongas a nada.




Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

martes, 5 de diciembre de 2017

Invitada: Pema Chodron


Cuando te abres a la naturaleza dinámica, impermanente y continuamente cambiante de tu propio ser y de la realidad, aumentas tu capacidad para amar y cuidar a otras personas y tu capacidad para no tener miedo. Eres capaz de mantener tus ojos abiertos, tu corazón abierto y tu mente abierta. Y te percatas cuando te quedas enredado en los prejuicios, el favoritismo y la agresión. Desarrollas un entusiasmo para ya no seguir regando esas semillas negativas, desde este momento hasta el día en que te mueras. Y empiezas a pensar que tu vida te ofrece oportunidades infinitas para hacer las cosas de otra manera. 




Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Hace un año


según la hora peninsular de España, ya habríamos acabado de comer el mejor cocido del mundo. (Según la hora mexicana, yo aún tengo unas 4 o 5 horas para recordar y festejar.)

Todo empezó varios meses antes cuando mi amigo (entonces virtual) Jaime comentó, o más bien lo comentó Carmencita, su abuela, cuando lo presentaba en nuestro curso de proyectos narrativos, que hacía un cocido maravilloso (de hecho, ella aprovechó que él estaba en la cocina para hacer su presentación). Desde que la leí, se me antojó. (Mi abuela Ma. Luisa y mi tía Marisa también lo hacían buenísimo.)

El siguiente paso fue que nos tocó compartir índice de la antología que publicó RELEE hace un año, Incómodos. Cuando decidí irme a España a la presentación, me invité a casa de Jaime al cocido y él aceptó encantado. En Madrid nos reunimos con otra amiga, Joana, de Barcelona que se unió al plan del cocido en Villalba, donde viven Jaime y las dos Victorias, en la sierra.

Todo lo acordamos al son de unas cañas después de la presentación. Joana y yo quedamos en vernos "a la salida del metro en Atocha". Perfecto. No había pierde.

Cuando llegué a Atocha, pasé los torniquetes y me puse a esperar. Di vueltas y más vueltas y nada. Y pasaba el tiempo. Y Joana tenía que volver a tomar el AVE a Barcelona y, además, ella tenía todos los datos de Jaime. Y yo, sin celular. Claro.

Cuando ya pensaba que tendría que regresarme a casa de Berna, donde me estaba hospedando, sin cocido ni amigos, se me prendió el foco. Me acerqué a una chica, con cara de buena onda y sin prisa aparente, y le conté mi predicamento: Había quedado con una amiga y no la encontraba y no tenía celular. Y le pedí el suyo prestado. Y me lo prestó. Y llamé a Joana, quien me esperaba "a la salida del metro en Atocha", arriba, en la calle.

Estoy en la entrada al monumento homenaje por el 11M. No te muevas. Y no me moví. Y llegó. Y nos encontramos, finalmente. Y corrimos a la taquilla de cercanías. Y corrimos al andén. Abordamos el tren y platicamos todo el camino.

Cuando llegamos, Jaime nos recogió en la estación y nos llevó a su casa. Y comimos, sin exageración, el mejor cocido del mundo. (Carmencita tenía tanta razón...) Y hablamos, y bebimos vino, y nos firmamos los libros y fuimos "las escritoras" (así nos presentaron con una amiga de la hija de Jaime). Y fuimos muy felices.

De regreso, Joana y yo seguimos platicando en el tren y luego la acompañé al vestíbulo del AVE. Y nos despedimos.

Del cocido no hice fotos, pero sí de un hermoso árbol otoñal a la salida de la estación en Villalba:





sábado, 2 de diciembre de 2017



Invitado: Karmapa 17












Una manera poderosa de mejorar nuestras relaciones es aprender a reconocer y soltar nuestras propias proyecciones inútiles. Necesitamos hacer esto para poder ver a la otra persona con más claridad y aceptarlos más plenamente como son. En otras palabras, las relaciones sanas implican un elemento de aceptación, o de lo que podemos llamar paciencia.



Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

A veces







A veces creo enfocar algo con mi cámara. Una flor. Y resulta que la flor no se deja enfocar. O la cámara prefiere enfocar la puerta de una terraza. Y las persianas detrás. Y el reflejo de otra planta. Cuatro hojas apenas sobre una rama pelona.

A veces creo que algo es importante. Y resulta que no lo es tanto. Que no soy tan importante. Que aquella discusión lo era todavía menos. Y aquel amor, también. O tampoco.

A veces pierdo el tiempo en el Facebook y me encuentro un video. Y me quedo viéndolo. Y me enamoro de Paul Auster. A quien no he leído. Pero quien ya me ha contado varias historias. Con esa voz suya tan hermosa. Me recuerda que las historias de todos, de cualquiera, son dignas de contarse.

A veces escribo cosas que no tienen relación.
Como salir al mundo cualquier día de otoño, que parece invierno.
Y que a medio día te quema la piel.
A veces.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Invitado: Tulku Thondup Rinpoché


Algunas personas piensan que karma es destino. "Debe de ser mi karma", suspiran, resignándose ante alguna desgracia. Pero el karma no tiene que ser malo. Puede ser bueno. Y nosotros hacemos nuestro propio karma. Cada pensamiento, sentimiento y acción siembran en nuestra mente una semilla kármica habitual, que madura en su correspondiente experiencia positiva, negativa o neutral. El enojo y la envidia se  manifiestan como experiencias dolorosas en infelices. Los pensamientos y sentimientos altruistas y gozosos florecen como experiencias maravillosas y plenas. 

Así que no tenemos que resignarnos con "nuestro karma". Nosotros controlamos nuestro karma. Cada momento es una nueva situación, una oportunidad para mejorar nuestra manera de pensar y, así, nuestras circunstancias. Este principio de causalidad interdependiente es el fundamento de la primera enseñanza del Buda: las cuatro verdades nobles.



Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

domingo, 26 de noviembre de 2017

M.e.n.t.i.r.a


Yo intento no mentir. Porque lo hago muy mal. Porque se me nota a la legua. Porque cuando lo hago, las cosas suelen complicarse sin necesidad. Porque mi "religión" no me lo permite (es decir, porque sé que las consecuencias de hacerlo no son buenas ni para mí ni para los que me rodean, incluso con las "mentiras piadosas").

Pero a veces miento. (Como todos, supongo.) Y me sale mal. Y lo lamento. Y me siento fatal.

Así pues, hace dos días mentí. Le dije a una amiga, que me había invitado a su casa junto con otras amigas, que me iba a México el viernes cuando en realidad me iba el sábado muy temprano. Cuando lo hice, sí pensé que era una mentira, pero también pensé que la verdad requería de muchas más palabras que no cambiarían el desenlace (no podía ir a la reunión). Y total, solo un lapso de doce horas convertía a la verdad en mentira, me dije. No tenía ganas de dar explicaciones, ni de dar pie a intentos de hacerme cambiar de opinión.

Estaba agotada. Exhausta. No había acabado un trabajo. Tenía que bañarme (ni loca lo haría de madrugada). Tenía que regar plantas. Tenía que limpiar la arena de las gatas. Tenía que lavar trastos. Y quería acostarme temprano.

Y resultó, claro, que se me ocurrió tomar una camionetita, que nunca tomo, porque me iba a dejar en un lugar desde donde era más factible irme a mi destino final. Llegué con tiempo. Escogí un lugar muy incómodo, junto a la puerta por donde todo el mundo pasa, pero me cambié porque me encontré con otra amiga que hacía siglos que no veía y con la cual, en realidad, nunca había platicado. Cuando estábamos apenas iniciando la charla, se subió a la mentada camionetita la amiga a quien le había dicho que me iba el día anterior.

Me sentí como la gran mentirosa a quien el globo le explota en la cara. O la niña a quien descubren con la manos en la masa. Me dio vergüenza. Me dio pesar. Y, además, no pude hacer nada. La amiga recién llegada me saludó y se sentó más atrás. En algún momento intenté buscarla, pero iba leyendo. Entonces seguí platicando. Traté de soltar el malestar y lo logré, en parte, pero me sentí como observada todo el camino (más que nada por eso que Freud llamó mi "superyó" o alguna entidad así).

Al llegar a México, una parada en plena calle en un lugar que no reconocí del todo y donde se suponía que me esperarían, me despedí de la amiga con quien platiqué. Y la otra amiga, se despidió de mí. Rápido. Y me quedé sola con mi culpa y mi confusión. Acabé caminando muchísimo más de lo necesario, equivocándome de parada de metrobús, casi llegando tarde y sintiéndome completamente inadecuada (el sufrimiento del sufrimiento, que dirían las enseñanzas budistas).

Y, sí, lamento haber mentido. Reconozco que otro ingrediente en la génesis de esta mentira fue una sensación de desencuentro con la amiga en cuestión, que guardé en lugar de compartir a tiempo y resolver. Y, claro, se hizo mucho peor.


Y lo siento, de corazón.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Ciento dos años hace


que nació mi tía Olga. Sí, a principios del siglo pasado. En plena Revolución Mexicana. (Pero esa es una historia que contaré en otro momento o, más bien, los fragmentos de la historia que me sé.)

Hoy solo pienso un poco más en ella que de costumbre. Me encantaría poder llamarla para felicitarla o, mejor, irla a ver en persona y platicar mucho mucho mucho y más.

Extrañar a mi tía Olga es diferente que extrañar a mi mamá, pues cuando recuerdo a mi tía, siempre tengo una sensación de compañía y de presencia. Claro que hay un hueco, pero es un hueco donde aún permea el amor, el más incondicional que he recibido en mi vida. A mi tía le debo, ni más ni menos, no haber perdido la cordura durante mi infancia.

Ayer, cuando volvía del trabajo caminando, me encontré con esta flor rosa, un tulipán creo, asomándose entre sol y sombra, y pensé que a ella le habría gustado.


¡Feliz cumpleaños, tía Olga!

jueves, 23 de noviembre de 2017

Cinco años hace


que murió doña T, nuestra querida doña Teresa, aunque a ella no le gustara el "doña". 

Buscando en mi archivo de fotos de Chimal, que incluye miles de imágenes, me encontré esta, de un día de abril de 2011, en que ella "supervisaba" el baño de la Charamusca (Chara de cariño) a cargo de mi comadre Ma. Eugenia y mi hijo Santiago. (Espero que Ma. Eugenia y la Chara, reacias de corazón a las fotos, me perdonen el atrevimiento...)




Pero así recuerdo a doña T: presente, sonriente, pendiente de lo que le rodeaba y de quienes quería. Nuestros días con ella en Chimal eran luminosos, cotidianos (en el mejor sentido del término) y, como he dicho en otro lado, eran (y siguen siendo) días de estar en familia (también en el mejor sentido del término que, dicho sea de paso, para mí a veces resulta una palabra casi insultante).


Hoy la recuerdo en este espacio,  igual que la recordamos siempre cuando estamos de visita en su casa en las faldas del volcán.

Hoy recuerdo cuando fuimos Santiago y yo a despedirnos de ella.

Hoy recuerdo cuando en una ocasión en que Ma. Eugenia nos llevó a Adrián y a mi a hacer el recorrido por la iglesia del pueblo, donde bautizaron a Sor Juana, Santiago, de muy niño, se quedó con doña T. Cuando regresamos del paseo, ella nos contó que él, después de echarse una marometa en el pasto del jardín, le dijo: "Ahora tú", como si fuera lo más normal del mundo. Porque convivir con doña T y sus gentes ha sido, en efecto, lo más normal (en el mejor sentido del término, claro) del mundo.


Hoy celebro el gusto de haberla conocido y de haber vivido tantos momentos felices a su lado.
Y le dejo, con todo cariño, unas margaritas de las que tanto le gustaban.





miércoles, 22 de noviembre de 2017

Ochenta y tres años hace


que nació mi mamá. No puedo imaginármela de esa edad (como escribí también el año pasado y el anterior). La última vez que la vi estaba a tres meses y pico de cumplir los 70. (Ya no llegó a celebrar ese cumpleaños).

Fue un encuentro bastante breve después de años de no haber convivido. (La vez anterior, más de cinco años antes, la había visto en el funeral de mi papá, donde intercambiamos teléfonos.)

En aquella postrera ocasión que nos reunimos, yo fui a su casa a visitarla, a su departamento de toda la vida en la Colonia Narvarte (en la calle de Uxmal). Comimos juntas. Después de unos tequilas y de acordar no hablar del pasado, sino solo mirar hacia adelante.

Recuerdo cómo, mientras comíamos (ella muy poco, disfrutaba más beber y fumar), manchó sin querer el mantel sobre el cual estaba su plato. Y se puso fuera de sí. Yo le dije que no pasaba nada y entendí de dónde me venía a mí ese comportamiento que mi hijo había presenciado varias veces. Pensé que con suerte y podía soltar de una vez esa reacción tan desproporcionada y evitar que nos siguiera martirizando a él y a mí.

No sé si después de la comida regresamos a la sala a seguir platicando un rato o si fue durante el aperitivo cuando tuvimos nuestro momento de mayor cercanía. Sí sé que sucedió cuando descubrimos que ambas éramos seguidoras de la serie española Cuéntame cómo pasó. Cuando hablamos de los Alcántara, en especial de la abuela Herminia y de Antonio, tan parecido a mi papá, fue cuando más cómodas nos sentimos. Será por ello que, a pesar de los pesares, yo sigo siendo fiel seguidora de la familia del barrio de San Genaro.

Para despedirnos, me acompañó a la calle, hasta el sitio donde yo había dejado estacionado mi coche. (En el trayecto nos encontramos a la Sra. Burak, la vecina de arriba de toda la vida, que me dijo que le daba mucho gusto verme.)

Cómo me gustaría hablar hoy con mi mamá de tantas cosas.
De los hijos.
De la vejez.
De nosotras.
De mi papá.
De su infancia.

Imagino que se podría.


Hoy la extraño.
Mucho.
Y le dejo unas flores cumpleañeras, recién encontradas en un cazahuate cerca de mi casa.




martes, 21 de noviembre de 2017

Invitado: Dilgo Khyentse Rinpoché







En efecto, por mucho que lo intentes, no hay manera en que te puedas librar de tu apego y tu odio mientras sigas creyendo que surgen debido a las circunstancias o a los objetos externos con los cuales están conectados. Entre más trates de rechazar los fenómenos externos, más saltarán de vuelta hacia ti. De ahí, por lo tanto, la importancia de reconocer la naturaleza vacía de tus pensamientos y simplemente permitirles que se disuelvan. 
Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Invitado: Ajahn Chah


El Buda nos dijo que viéramos cómo son las cosas y soltáramos nuestro aferramiento a ellas. Toma esta sensación de soltar como tu refugio.




















Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

domingo, 19 de noviembre de 2017



Nueve años hace


que murió Mausy. Yo me enteré cuando mi amiga Dasha me habló para contármelo. ¿Estás segura?, le pregunté. Sí, me dijo, me encontré esta esquela en el periódico:

Pues sí, no cabía duda. Mi tía Mausy se había muerto. No me habían avisado. No había podido despedirme. Y se me abrió, otra vez, ese hueco de ausencia. De culpa. De malestar.

Intenté darle el pésame a Leny. No me atreví a hacerlo en persona. Le mandé a su casa una tarjeta escrita a mano y una flor blanca. El taxi que las llevaba regresó y me dijo que no había encontrado a nadie en la casa. No me atreví a intentarlo de otro modo.

Puse la flor en mi altar en honor de ella. Y no me acuerdo qué hice con la tarjeta. (Quizá ande por allí en algún cajón.) Sí sé que lamenté (y sigo lamentando) que las cosas entre nosotros acabaran así.

Hoy, como entonces, como cada año, pienso en ella y deseo que encuentre la felicidad verdadera y esté libre del sufrimiento. 

Hoy, como entonces, como cada año, le agradezco desde lo más profundo del corazón que nos haya regalado, a mi hijo y a mí, este departamento donde hemos vivido los últimos doce años.

Le agradezco, también, que haya tenido la lucidez de convencer a Leny de poner las escrituras a mi nombre, para evitar la repetición de historias familiares dolorosas.


Hoy le dejo aquí unas flores naranjas, brillantes y llenas de vida, con mi cariño
(libre de tantas negatividades innecesarias).





















Te quiero, Mausy. (Ojalá lo sepas.)

jueves, 16 de noviembre de 2017

campánulas


Desde que llegué a Morelos, hace ya casi 22 años, me han fascinado las flores azules que empiezan a brotar en el campo, a orillas de las carreteras o en algún estacionamiento en plena ciudad, cuando se acaban las lluvias.


"Campánulas" les decíamos Adrián y yo. Ahora sé, gracias al internet claro, que más bien pertenecen al género Ipomoea y no al Campanulaceae y que se les conoce popularmente de varias maneras: gloria de la mañana, manto de María, don Diego de día, campanilla, quiebra platos. Lo que ya sabía es que las hay moradas, rosas y blancas y que son parientes de los cazahuates.






Recuerdo que Adrián me prometió hace años pintármelas en un cuadro. No llegó a cumplir su promesa, pero yo cada año las fotografío y pienso un poco en él. Y me maravillo ante ellas como si fuera la primera vez que las veo.






En un cuadro quizá se podrían haber visto así:



















O asá:




miércoles, 8 de noviembre de 2017

**o*c*h*o***


Hace ocho años que salió al aire la primera entrada de este blog. Cuando se lo conté hoy a mis alumnos de la secundaria me dijeron que era, pues, un bloguiversario. ¡El octavo! Y vamos por más.

Lo celebro con ellos y con todas las personas que me leen, que me comentan, que se pasan por aquí, que vuelven o que no vuelven, que están presentes en silencio o con luces.

Y me/nos dejo por aquí un hermoso dibujo de Molly Hanh de sus Buddha Doodles, que me encontré (o me encontró) hoy en mi recorrido mañanero por el Facebook:




Ojalá que la palabras y las imágenes traigan espacios de felicidad, de reflexión, de gozo a muchos y a muchas,
como a mí.

lunes, 6 de noviembre de 2017

gloria de la mañana





Si tu práctica diaria es abrirte a todas tus emociones, a todas las personas con las que te encuentres, a todas las situaciones que se te presenten, sin cerrarte, confiando en que puedes hacerlo, eso te llevará hasta donde puedas ir. Y entonces entenderás todas las enseñanzas que cualquiera haya alguna vez enseñado.
Pema Chodron


Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Día de Muertos 3


Hoy mi altar, mínimo, es
para
las víctimas de los terremotos
las víctimas de las inundaciones y los huracanes
las víctimas de la pobreza
las víctimas de la impunidad
las víctimas de la violencia, los atentados (Barcelona, Somalia, Nueva York...), los asesinatos (tantos, en México, en el mundo)
las víctimas de la indiferencia (en el Mediterráneo, entre otros lugares)
las víctimas de la avaricia
las víctimas de la destrucción y las sequías
las víctimas de los prejuicios
las víctimas humanas y las víctimas no humanas







Con la aspiración de que encontremos el camino hacia la felicidad verdadera y la ausencia de sufrimiento en el planeta todo.
Antes de que sea demasiado tarde.

lunes, 30 de octubre de 2017

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché


La humildad es el vehículo

La humildad es el vehículo que da cabida a las neurosis de los demás. Entonces, una vez incorporadas, sus neurosis se transforman. Así que es muy importante darnos cuenta de que la humildad, la gentileza y la autenticidad son absolutamente necesarias si nos interesa trabajar con otros. No hay otra manera, sino dar cabida a las neurosis del resto del mundo: invitarlas, procesarlas y transmutarlas para que el mundo pueda iluminarse de esa manera.




Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

sábado, 28 de octubre de 2017

ahora recuerdo


ahora recuerdo

por qué fue
así
como fue

ahora recuerdo
por qué
me alejé
cuando me alejé

ahora recuerdo
cómo duele
seguir
esperando

y recuerdo
también
cómo no
necesito
           volver
                   ahí 

martes, 24 de octubre de 2017

Otoño 7


En Cuernavaca, el otoño es una explosión de flores amarillas, anaranjadas, rojas,  blancas, lilas, que crecen silvestres en los estacionamientos o en los terrenos baldíos a los lados de las calles, preparándose para recibir a los muertos, que vienen ya en camino:







y mi favorita, la más espectacular:
yo creía que solo crecía a orillas de la carretera
y me la encontré en plena Subida a Chalma


lunes, 23 de octubre de 2017

Reencuentro en 3 actos

y un epílogo

1

Llegué con más de 20 minutos de anticipación y me puse a hacer tiempo. Caminé una cuadra de ida. Luego de vuelta. Luego hasta la esquina de otra calle. Detrás de un árbol, vi la hora. Estaba nerviosísima. Hacía 5 años que nuestra relación había quedado suspendida, por iniciativa mía. Y ahora por iniciativa mía, nos tomaríamos un café.


2

Ya estaba ahí. Con su café. Esperando. Me acerqué. Le di un beso. Lo toleró. Casi inmóvil. "¿Ya tienes tu cafecito?". Pregunté lo obvio (¡y en diminutivo!), por decir algo. Me fui por mi café. De espaladas, me preguntaba tantas cosas.


3

Me senté enfrente. Y empezamos a hablar. Y seguimos hablando. Y hablando. Conectándonos como siempre. Como si retomáramos una conversación comenzada unos cuantos días antes. Y me relajé. Y se relajó. Y me preguntó si tenía tiempo para otro café. Y fui a la barra a pedirlos. Y ella se quedó cuidando las bolsas. Y seguimos hablando. La gente iba y venía. La luz cambiaba. Y hablábamos.


*
"Voy a ir levando anclas", dijo. "Yo también", respondí. Recogimos nuestras cosas. Nos enfilamos hacia la puerta. Salimos juntas. Ella había dejado su coche en el valet parking; yo, en la calle de al lado. Nos despedimos, con un beso y un abrazo, mutuos, y algún comentario de lo bien que lo habíamos pasado. "Estamos en contacto", dijimos.

Camino a casa, vi que habían transcurrido 3 horas y media de plática. Casi como antes. Volví con una mezcla de gusto y de nostalgia. Con incertidumbre de lo que vendrá.
Con un arrepentimiento, apenas formulado, por los 5 años perdidos...

domingo, 22 de octubre de 2017

De vuelta a "Nada"


(alguna vez me aterraba pensar en cómo los elementos
de mi vida aparecían y se disolvían para siempre apenas
empezaba a considerarlos como inmutables)
p.151

Yo leí la primera novela de Carmen Laforet, la que escribió a sus 23 años, la que se ganó la primera edición del Premio Nadal, a instancias de mi padre. (Mucho de mi camino en el universo de la lectura fue a instancias de mi padre y de él heredé inclinaciones y preferencias, como esta escritora o su tocaya, Carmen Martín Gaite.) No recuerdo la edad que tendría yo cuando leí Nada por primera vez. Menos de 23, seguro, y, quizás, ya habría salido de la prepa. De eso no estoy segura. (Aquí volví a ella en el blog hace más de seis años.)

Tampoco me acuerdo si la leí antes de ir a Barcelona por primera vez, a mis 17, o después. Lo más seguro es que para mi segunda visita a la ciudad condal, a mis 20, ya habría yo leído los ires y venires de Andrea en ese mismo sitio, durante los 12 meses de su vida que giraron, o estuvieron anclados, en el piso familiar de la Calle Aribau. Alguien alguna vez me mandó una foto de esa calle, recordándome que ahí había vivido Andrea. Y ese alguien, también, tomó prestado el nombre de la protagonista de Nada para bautizar a una suerte de alter ego mío.


Hacía bastante tiempo que tenía yo la inquietud de volver a leer Nada, de arriesgarme a revivir la experiencia más de 30 años después. Yo recordaba haber leído un ejemplar forrado de tela azul, de la Colección Áncora y Delfín, antes de que Ediciones Destino fuera tragada por alguno de los monstruos editoriales del momento. Cuando mi madre murió y mi hermano me mandó algunos de los libros de su casa, tuve la esperanza de encontrármelo, pero no fue así. El verano pasado, para mi sorpresa, fue mi hijo quien se encontró en la casa otro ejemplar de la novela, en la misma colección pero con pasta negra (quizá era el mismo y a mí la memoria me tiende trampas). Entonces pensé que sería una buena idea que mis alumnos de tercero de secundaria leyeran la novela y, así, yo tendría la ocasión perfecta para volver a ella.

Las chicas y los chicos de la escuela disfrutaron mucho hacer juegos de palabras con el título de la novela y, para mi sorpresa, también disfrutaron la lectura o por lo menos cumplieron con ella y se involucraron. (Mientras yo la releía, reencontrándome con una Barcelona bastante sombría, al tamiz de los ojos de Andrea, y conmigo misma cuando me sentí como Andrea, en busca de la libertad y atrapada en unas redes ajenas, me topé con aquellas escenas tan violentas en el piso de la Calle Aribau y me preocupó que la lectura fuera demasiado fuerte para unos quinceañeros.)

Y entonces llegó el día de la discusión de la novela. Una de las chicas declaró, con gran aplomo, que lo que contaba lo novela no le había gustado tanto como la manera en que estaba contado. (¡Guau! —pensé— Mira cómo se te han convertido en buenas lectoras...) Varios de sus compañeros estuvieron de acuerdo e hicieron comentarios interesantes sobre los ecos de la guerra en el piso de la calle de Aribau y la frustración de Andrea en su búsqueda de la felicidad y la libertad.

Todos estuvimos de acuerdo en que el cierre de su año en Barcelona y su partida hacia Madrid era una gran liberación. (Menos mal...) Y entonces yo les compartí lo que a mí se me había ocurrido al releer Nada: Que el tránsito de Andrea por la capital catalana podía entenderse como una especie de rito de iniciación, tras el cual la protagonista saldría liberada de las ataduras que no podría haber desecho desde afuera sino solamente atravesándolas. Y Madrid se le presentaba, entonces, como la fuente de luminosidad que no había encontrada en la ciudad de su familia materna.

Y ahora que escribo esto, pienso que ese tránsito del personaje de Carmen Laforet, se parece a mi propio tránsito (como escritora) mientras escribo mi novela y vuelvo, también, a la Barcelona de una historia vieja, para poder finalmente dejarla atrás...

¿Quién puede entender los mil hilos que unen las almas
de los hombres y el alcance de sus palabras?
p. 208

viernes, 13 de octubre de 2017

margarita 2


En Chimal, en casa de Ma. Eugenia
(si no me disgustaran los hashtags, quizá diría #nosabíaquemicámarasacarafotoscomoesta)

lunes, 9 de octubre de 2017

A tres semanas (casi)


Mañana se cumplirán tres semanas del terremoto aniversario del otro terremoto y yo no puedo acabar de aterrizar de vuelta. Quizás porque no hay vuelta. Porque el mundo es otro. Cambió. Como cambia a cada instante. Y escribir me alivia. Y así me empecé a aliviar, tres días después del "temblor" (me sorprende cómo los mexicanos les decimos así, "temblores", aunque sean terremotos), escribiéndole una crónica a una amiga en Barcelona. Hoy la transcribo aquí (con algunas variaciones), para seguir sanando:


Yo el martes 19 de septiembre estaba en casa. No había ido a trabajar a la escuela, pues tenía mucha gripa. Recién había terminado de hablar con una amiga en la Ciudad de México por el skype, cuando empezó a moverse mi departamento de una manera que no había sentido nunca y eso que llevo toda la vida viviendo en zona sísmica. Lo primero que vino a mi mente fue: "Esto se va a caer". Entonces corrí a la puerta, abrí la reja, cerrada con llave, y salí despavorida. Mis gatas se habían escondido y no podía sacarlas, pero pensé que si dejaba la puerta abierta y se salían, se perderían y entonces morirían. Me regresé a cerrar la puerta. Escuchaba cómo se caían cosas dentro. Llegué a la planta baja, donde había otros vecinos, preocupados, gritando, como idos. Algunos establecían contacto. Otros, no. Yo estaba en pijama, pero todo eso en ese momento no importaba.

Después de un rato, ayudé a una vecina a subir unas bolsas de súper antes de que fuera por su hija a la escuela. Entré a mi departamento por mi teléfono celular, vi el monitor de la computadora en el piso, cara abajo, pero funcionando. Apagué todo. Había muchas cosas rotas y hechas pedazos en el piso. Volví a salir. No tenía señal. Me fui hacia la caseta de guardias que resguardan los edificios para ver si tenían el teléfono en funciones y tratar de localizar a mi hijo en Ciudad de México. Nada. Me encontré con un vecino-amigo boliviano en el jardín, junto a una de las albercas, en pijama también y en shock. Lo abracé. Me puse a llorar. Me preguntó si íbamos por su hijo a la escuela. Tampoco podía localizar a su esposa, que estaba en el trabajo, en un edifico que resultó muy dañado. Le dije que por supuesto fuéramos por su hijo y luego por su esposa.

Resultó que ayudarlo a él, que le costaba trabajo tomar decisiones, me ayudó a mí. No sabíamos aún las dimensiones de lo ocurrido. Y yo seguía sin poder localizar a Santiago (tardé casi 8 horas en lograrlo). Tardamos un buen rato en el tráfico (había tramos donde el olor a gas era fortísimo), pero recogimos a la esposa de mi amiga, embarazada y muy asustada, pero bien. Volvimos a casa. Decidimos comer en el jardín, tipo pic-nic, juntamos la comida y empezamos a convivir y a apoyar a otros vecinos. A hablar. Yo temía volver a casa. Y aún no localizaba a Santiago. Y ya se acercaba la noche. 

Finalmente volví, prendí mi compu, me puse a barrer objetos rotos (muchos adornos habían perdido la cabeza, literalmente), a contestar mensajes, a hacer llamadas, a limpiar la arena de mis gatas, en un estado como partida en varios pedazos. Me acordé que tenía ropa en la lavadora desde hacía horas y que se iba a apestar. (Qué rara es la mente.) La colgué en el balcón. Finalmente, un amigo de mi hijo me habló para decirme que ya había hablado con él. Le hablé yo. Un alivio enorme. Y entonces empaqué una bolsa para irme a dormir a casa de mis amigos. (Me daba miedo dormir en casa sola.)

Al día siguiente me pasé casi el día entero con ellos. (Tienen un niño de 6 años, que se ha enamorado de mí y yo de él...). Pasé unos ratos en mi casa, con mis gatas, viendo mensajes. Comimos juntos. Luego fuimos al súper por víveres que llevamos a la Cruz Roja. Volvía a mi casa otro rato. Volví a la de ellos. Me puse a vomitar (creo que era más el susto guardado que otra cosa). El niño quiso ver una peli. Me quedé dormida y luego ya me fui a su cama (él se quedó con los papás). Esta mañana desayunamos algo juntos, los papás bastante pegados a sus celulares, con unas imágenes terribles de la tragedia y también de la solidaridad. Y ya me tocó volver a casa. Hablé con mi hijo, que llega al rato. (Las clases están suspendidas hasta nuevo aviso.) Yo me bañaré, comeré y me iré al consultorio a ver tres pacientes.


Y hasta ahí, el 21 de septiembre. Hoy ya es 9 de octubre. Y yo aún me mareo en casa y siento que vuelve a temblar varias veces al día. Y me siento resquebrajada por dentro (como mucha de la gente que me rodea). Al principio tenía la sensación de que la cotidianeidad se había roto y con ella muchas cosas, grandes y chicas. Ahora la cotidianeidad ha medio vuelto. Pero, claro, nunca volverá a ser la misma.

El sábado, después de un taller sobre teatro de participación, en el que me involucré con un grupo de personas para seguir trabajando en las comunidades afectadas por el "temblor" y ayudarnos a sanar, salimos a la calle y nos encontramos con que estaban demoliendo la barda de la casa al otro lado de la calle. Varios días había estado apuntalada para evitar que se derrumbara, pero ahora ya prácticamente había desaparecido. Se veía la casa desnuda al fondo, y al frente, las raíces de dos hules enormes se habían quedado sin tierra de donde agarrarse, pues sus raíces se habían entretejido con las piedras que formaran la barda.

Quizá esta sea una buena imagen de cómo varios nos sentimos por fuera y por dentro: