miércoles, 28 de junio de 2017

colinabos


Ayer fui al súper y, en la sección de frutas y verduras, me encontré unos seres muy extraños, en los cuales yo nunca antes había reparado. Mucho menos los he probado.


"Colinabos" decía el rótulo. Que claro viene de "col" y "nabo". Aunque aquello de que se trata de una "berza de hojas sueltas sin repollar" no me dice mucho. (Pude enterarme que "berza" es "col" y que "repollar" es "formar repollo" (o sea, "formar [las hojas de algunas plantas] una cabeza redondeada"). Pero yo a estos seres no alcanzo ni a verles las hojas.

Averigüé también que se les puede llamar "nabicoles" o "nabas" y que son raíces comestibles, originadas en un cruce entre el repollo (es decir, una col) y el nabo. Y que se cultivan en el norte de Europa y en Norteamérica.

Algo está claro, pues. Son "híbridos". Y entonces supe que este adjetivo sirve para hablar de animales o vegetales (procreados por dos individuos de distinta especie), de cosas (productos de elementos de distinta naturaleza), de individuos (de padres genéticamente distintos con respecto a un mismo carácter) y de motores o, por extensión, de vehículos (que pueden funcionar tanto con combustible como con electricidad).

Y entonces me quedé pensando que "híbridos" somos todos e "híbridas" son todas las cosas que nos rodean. En otras palabras, y tomando prestados conceptos de las enseñanzas budistas, todos y todo somos fenómenos compuestos. Como los colinabos.

Finalmente, recordé que a mi papá le gustaban mucho los nabos. A mí, no demasiado. Ni la col tampoco. Así que, en principio, estos híbridos tampoco me provocan mucho, aunque mis pesquisas virtuales me llevaron a un "wikiHow", donde se indica cómo preparar el colinabo antes de empezar y luego propone seis métodos distintos para cocinarlo (aquí para algún curioso). 

La verdad es que hasta acabé pensando en comprarlos la próxima vez y lanzarme a la aventura. 

Quién diría hasta dónde nos puede llevar un encuentro inesperado en el súper.


jueves, 22 de junio de 2017

/ encuadre / holandés / 2


Hace un año y 7 meses aprendí lo que era este plano en fotografía.




Hoy volvió a tocar el tema.



Me divertí jugando.



Inclinando el mundo con la cámara.




Hacia un lado. O hacia el otro.



Igual lo hacemos con la mente.

domingo, 18 de junio de 2017

i.l.u.m.i.n.a.r




A mí siempre me ha gustado iluminar (colorear). Desde que me acuerdo.

Aunque antes, al principio, me costaba mucho trabajo.

Me explico.

Cuando era niña, mis papás viajaban con alguna frecuencia a Estados Unidos y siempre nos traían regalos a mi hermano y a mí. Entre los que recuerdo con más viveza, están los libros para iluminar. De arte. De los museos que visitaban. Entre los que se quedaron en mi memoria destaca uno que me parece que tenía a Cesare Borgia en la portada. Sobre un dibujo de Botticelli o de algún otro renacentista.

Era precioso y yo nunca lo iluminé. Me daba miedo no hacerlo bien. Equivocarme y echar a perder el dibujo y el libro todo. Guardaba los libros (me imagino que habría más) para no sé cuándo. Cuando estuviera inspirada. Cuando me importara un bledo lo que pensaran los demás de mí. Ese momento no llegó durante mi infancia, ni en mi primera juventud ni en la segunda. Y allá, quién sabe dónde, se quedó aquel libro con el pobre Cesare Borgia todo descolorido.

Y entonces un día en la escuela, hará tres años o así, la miss de geografía e historia llevó una actividad para los niños que consistía en colorear unas flores. Me ofreció una de las hojas. Acepté encantada y de inmediato me puse a llenarla de color, intentando no salirme no de las rayas, que es algo que me gusta cuando ilumino, porque dibujando soy malísima. Y cuando acabé, le pedí otra. Y recordé cuán feliz era coloreando.

Y luego, hace un año, cerca de mi cumpleaños, mientras acompañaba a Santiago a comprarse un disco, me encontré con un libro para colorear, especial para adultos. (Todavía no me enteraba cuán de moda se habían puesto.) Johanna Basford era la autora. Era precioso. Un autorregalo perfecto. Y me lo llevé.

Santiago me prestó unos lápices de colores que a él le habían regalado hacía años y así empecé. Fascinada. Tanto que necesitaba forzarme a dejar los colores para volver a la compu a traducir o salir al consultorio o a la escuela.

Y empecé a aprender mucho de mi mente mientras iluminaba. Cómo podía ser más perfeccionista y conseguirme unos plumones de punta muy fina para las partes más pequeñas o cómo me podía dar chance y usar crayolas para espacios más grandes. Me hice también de unos lápices Prismacolor, los clásicos de la infancia, que luego me completó mi amiga Carmen con otra caja.

A veces, me voy fijando mucho en los colores que uso, sobre todo si el dibujo está en modo espejo (con dos mitades iguales pero invertidas) y otras, voy haciéndolo según me va saliendo, sin premeditación. He completado mis herramientas para iluminar con un par de cajas más de plumones, bicolores y de doble punta.

Cuando estaba por acabar el primer libro, otra amiga, Ángeles, me trajo el segundo de Inglaterra, una edición original de la misma Johanna, en un papel hermosísimo. Así empecé este año y me puse a experimentar, además, con las sombras. Entonces, hace una semana llegó mi amiga Evelyn, a quien induje al vicio de colorear durante una temporada que pasó en mi casa, y me contó cómo ella ahora estaba combinando colores. ¡Combinando colores! Eso sí que estaba fuera de mi zona de confort. Y me lancé. Y fui aún más feliz. Increíble.



he aprendido incluso de cómo evoluciona el lenguaje . Un día compartí en mi grupo de fotografía uno de mis dibujos coloreados (creo que un par de caballitos de mar) y alguien me comentó si iluminaba mandalas, usando el término para referirse de manera más general a cualquier imagen que pueda llenarse de color y no necesariamente a los diseños tradicionales hinduistas o budistas (en esos también he incursionado gracias al regalo de navidad de mi comadre). Interesante, ¿no?


Con creces creo que he quedado compensado al pobre Cesare Borgia de mi infancia.

viernes, 16 de junio de 2017

andar contigo



qué lástima



Invitado: Thich Nhat Hanh



Mientras meditas en el cuerpo, no esperes ni pidas estar exento de enfermedad. Sin enfermedad, los deseos y las pasiones pueden surgir fácimente... Mientras actúas en la sociedad, no esperes ni pidas no tener dificultades. Sin dificultades, la arrogancia puede surgir fácilmente... Mientras meditas en la mente, no esperes ni pidas no encontrar escollos. Sin escollos, el conocimiento presente no se refutará ni se ampliará... Mientras trabajas, no esperes ni pidas no encontrar obstáculos. Sin obstáculos, el voto de ayudar a otros no se profundizará... Mientras interactúas con otros, no esperes ni pidas obtener un beneficio personal. Con la esperanza de un beneficio personal, la naturaleza espiritual del encuentro se atenúa... Mientras hablas con otros, no esperes ni pidas que coincidan contigo. Sin desacuerdo, puede florecer la superioridad moral...  


Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

miércoles, 14 de junio de 2017

Invitado: Octavio Paz


Entre irse y quedarse


Entre irse y quedarse duda el día, 
enamorado de su transparencia.

La tarde circular es ya bahía: 

en su quieto vaivén se mece el mundo.

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa. 


martes, 13 de junio de 2017

c u e l g a (n)


colgar

Del lat. collocāre 'colocar'.
Conjug. actual c. contar.
1. tr. Suspender algo o a alguien sin que llegue al sueloU. t. c. prnl.Colgarse de una cuerda.

La propuesta del grupo de fotografía de hoy era, pues, algo que colgara. Y hay mil posibilidades. Revisando mis archivos en busca de un tendedero de ropa, me encontré con unas gotas de lluvia suspendidas sobre los hilos de una telaraña. Sí, las gotas también cuelgan. Y duran muy poco así. Solo la magia de una cámara las puede capturar.

Mi amiga Sylvia, excelente fotógrafa, les dice diamantes y se deleita con ellas cada vez que empieza la temporada de lluvias.

Aquí unas gotas suspendidas en Chimal en agosto de 2015.




















lunes, 12 de junio de 2017

Historia de una hormiga


Una historia triste.

Ayer me fui a preparar un té, durante una pausa en una película que veía con mi hijo. Cuando le iba a poner azúcar a la taza (intentando seguir mi reciente resolución de limitarme a una cucharadita), descubrí que había una hormiga dentro de la azucarera. No era muy pequeña, así que pensé que sería fácil sacarla con un rápido movimiento de la cuchara. Y al hacerlo, sin mala intención pero con una precisión asombrosa, la decapité. Salieron volando dos pedazos: uno muy pequeño y otro más grande, que se retorció durante unos segundos.

Me sentí fatal. (Si hubiera intentado matarla así, seguro no lo habría conseguido). Tomé los dos pedazos y los coloqué con cuidado en una maceta, con la aspiración de que el pobre bicho tenga un buen renacimiento.


Y entonces me acordé de una alumna que me dijo el otro día
que yo solo escribía historias de cómo rescataba animales.

Lástima que no siempre sea así...

viernes, 9 de junio de 2017

Festival Shakyamuni





Que tu sabiduría y tu compasión, maestro, nos guíen siempre en el camino hacia la felicidad y la ausencia de sufrimiento.

jueves, 8 de junio de 2017

let it be



b u r b u j a s


Hoy cuando llegué a la escuela y me estaba sirviendo mi café, descubrí que mis alumnos de octavo estaban en clase de física, experimentado con burbujas de jabón, con el sol al fondo. Qué mejor escenario para hacer fotografías. Dejé el café enfriándose y corrí por mi cámara. Y empecé a sacar fotos.

"Aquí, miss..." "Te soplo una." "Sácanos a nosotros." "Uy, se reventó..."

Y así, se acabó la clase de ciencias y nos seguimos casi toda la hora de español. Ellos, con sus celulares; yo, con mi camarita rosa. Jugando. Gritando. Buscando las mejores tomas.

"Súbelas a Facebook y nos etiquetas, ¿va, miss?" Cómo no. Cumplí en cuanto llegué a casa. Álbum con 25 imágenes. Intenté no subir ninguna en donde pudieran no verse bien. Empresa imposible (como comprobé cuando vimos las fotos en la siguiente clase que nos tuvimos). A esa edad (y en casi todas), qué difícil es que nos guste cómo salimos en las fotografías. Ni modo. Así la cosa.

Aquí una muestra de mis imágenes favoritas:






















Y una más sin burbujas, pero con tenis, manos y iPhone:



miércoles, 7 de junio de 2017

Invitado: Dzogchen Ponlop Rinpoché



Cómo ser amables con las personas difíciles 


Tenemos tantos conceptos sobre los demás, y a veces, incluso antes de conocer a esa persona, ya le hemos dado esta etiqueta: "Difícil". Es como si llevaran puesto este rótulo enorme cada vez que los vemos. Así que creo que lo que nos está entorpeciendo el trato con ellos son nuestros prejuicios y preconcepciones sobre quienes son. Tenemos tantos pensamientos sobre ellos, incluso antes de llegar a conocerlos. En un sentido, esto podría hacerte menos capaz de lidiar con una persona "difícil". Y, de hecho, si ves la situación con más detenimiento, podría resultar que la persona difícil eres tú. 
Siempre que tenemos una visión sesgada, estamos en graves problemas, ¿verdad? Cuando vemos a alguien con una visión negativa, desde un sesgo negativo, entonces vemos solo esta enorme cualidad negativa de la persona —nada positivo—. Cuando estamos pasando por una época difícil en la relación con nuestra pareja, por ejemplo, empezamos a ver solo su lado negativo: "Su escritorio es un desastre", "Siempre llega tarde", y cosas así. Pero en realidad, esa persona tiene cualidades tanto negativas como positivas. Magnificamos un lado de esa persona u otro en momentos diferentes. Cuando recién nos estamos enamorando de alguien, vemos solo lo positivo. No encontramos nada negativo. ¿No es eso genial?
Una vez salí de viaje y recién había abordado el avión. Eso fue poco después de la tragedia del 11 de septiembre. En un asiento cercano había una persona que se veía algo peligrosa. Me empecé a sentir incómodo pensando: "¿Será seguro este vuelo?" y cosas por el estilo. Pero mientras veía a mi alrededor, de pronto me di cuanta que otras personas podrían estar teniendo los mismos pensamientos sobre mí,  pensando que parecía peligroso.
Nos estamos viendo unos a otros a través del filtro de este tipo de etiquetas todo el tiempo.
Por supuesto, estamos viviendo un momento realmente difícil en el mundo, con toda clase de violencia, conflictos armados y otras cosas terribles que están sucediendo. Así que ofrecer compasión a todos los seres es muy importante. La compasión puede, de hecho, superar, transformar y sanar todo tipo de conducta o proceder dañinos. 
Pero cualquier etiqueta que ponemos sobre otra persona, o sobre nosotros mismos, coloca un límite o una barrera ahí. La compasión nos ayuda a tener una conexión genuina. Afloja esas etiquetas y abre nuevas posibilidades. 
Por un lado, ofrecer compasión o generosidad hacia quienes están haciendo daño no es tan fácil. Pero por otro lado, con frecuencia solemos malentender lo que significa ser compasivos, amorosos y gentiles.
Por ejemplo, si eres madre, quieres mucho a tu hijo. Y si está haciendo algo mal, tu amor y compasión se manifestarán para que deje de hacer aquello que podría lastimarlo a él o otras personas. Ese es un aspecto de la compasión que suele malentenderse. 
Así que, primero, deberíamos intentar evitar que las personas lleven a cabo actividades dañinas. Eso en sí es una gran gentileza hacia ellas.
Y, entonces, necesitamos recordar jamás darnos por vencidos con respecto a nadie.
Necesitamos ver con claridad que quienes participan en actos horrendos de violencia, provocando daño a sí mismos y a otros, en general no están haciendo estas cosas porque sean muy inteligentes y compasivos y tengan la mente clara. Están confundidos, llenos de conflictos internos y dolor.  
Estos son los seres que realmente necesitan ayuda, amabilidad y apoyo, en muchas situaciones y de muchas maneras. Y una de las mejores maneras de apoyar a semejantes personas es a través de la educación, ayudándoles a aclarar su confusión y mostrándoles mostrarles cómo sus acciones son dañinas no solo para los demás, sino para ellos mismos.
Así que cuando estés lidiando con alguien cuyo comportamiento sea realmente difícil, puedes empezar por ser gentil contigo mismo. Puedes reconocer lo que estás sintiendo con respecto a la situación. Y luego, si puedes, intenta entender cómo podría parecerles a ellos, y ve si hay alguna manera de ayudar. Si no hay forma de ayudar ahora, podría haber otra oportunidad en el futuro. 















Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

lunes, 5 de junio de 2017

Historia de un grillo


Ayer fui al súper. Santiago me acompañó. Por suerte. Mientras escogíamos fruta —un pelín tristes por la desaparición de las manzanas de Chihuahua (ahora todas las que se ofrecen vienen de nuestro vecino del norte)—, me topé con unas uvas negras. No suelo comprar uvas muy seguido, pero recordé que hace varios años descubrí esta variedad (durante la visita de un amigo-novio que después dejó de ejercer ambos papeles) y me fascinaron.

Así pues, me dispuse a tomar un paquete (sí, vienen "empacadas en caja plástica") y al momento de escogerlo, me di cuenta de que en la orilla había un insecto con cara de grillo. Noté que el bicho estaba helado (la caja de uvas estaba expuesta en un estante refrigerado de la sección de frutas y verduras) y apenas podía moverse. También parecía haberse descolorido, quizá por la estancia fría o la falta de sol. Vaya uno a saber cuánto tiempo llevaba allí.

Tomé la caja mientras pensaba qué hacer para rescatarlo. Mi primer impulso fue dirigirme hacia la puerta del súper, caja en mano, decirle al guardia que no me estaba robando las uvas, sino que intentaba salvar un insecto, y entonces llevar al grillo a un sitio seguro. Visualicé cómo podría parecer algo desquiciada haciendo esto y cómo probablemente el bicho no lograría sobrevivir.

Entonces me acerqué a Santiago. Le mostré el grillo y le pedí si lo llevaba afuera. (Desde hace años somos cómplices en circunstancias parecidas.) Le acerqué la caja para que lo tomara con las manos y el bicho brincó. No mucho. Santiago intentó volverlo a agarrar y volvió a brincar. Otro salto mínimo. Finalmente lo cubrió con ambas manos y así lo tomó para llevárselo. Tardó un buen en volver. Me lo llevé bastante lejos, me explicó al regreso.

Y yo me preguntaba desde dónde vendría el insecto. ¿Desde Hermosillo, Sonora, junto con las uvas (estas sí son mexicanas)? ¿O se habrá trepado en algún punto intermedio del camino? Lo que es indudable es que tuvo suerte de no morir aplastado en todo el ajetreo ni congelado en el súper, ni envenenado con los sulfitos con que, como fungicida, se trataron las frutas, según reza en el empaque.


Así los encuentros en la vida. Fortuitos. Efímeros.
Y a otra cosa, mariposa.

domingo, 4 de junio de 2017

Invitada: Ursula K. Le Guin


«Love doesn't just sit there, like a stone, it has to be made, like bread;
remade all the time, made new.»




«El amor no se queda ahí sentado, como una piedra, tiene que hacerse, como el pan;
rehacerse todo el tiempo, hacerse nuevo.»


Traducción al español e imagen, mías.

viernes, 2 de junio de 2017

Invitado: Dzongsar Jamyang Khyentse









Normalmente apreciamos solo la mitad del ciclo de la impermanencia. Podemos aceptar el nacimiento, pero no la muerte, aceptar la ganancia pero no la pérdida, o el final de los exámenes pero no el comienzo. La verdadera liberación viene cuando apreciamos el ciclo completo y no nos aferramos a aquellas cosas que nos parecen agradables. Al recordar la mutabilidad y la transitoriedad de las causas y las condiciones, tanto las positivas como las negativas, podemos usarlas a nuestro favor. La riqueza, la salud, la paz y la fama son tan fugaces como sus opuestos. 



Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.


lunes, 29 de mayo de 2017

mega hallazgo (10)

o saliéndome de la camisa de once varas

De mi abuela Rosa aprendí aquello de "meterse en camisa de once varas". Hasta hoy, había sido incapaz de imaginarme la famosa camisa. Siempre pensé que estaba hecho de varas o ramas delgadas y por ello, supongo, me traía a la mente un cuento infantil, —"Los once cisnes salvajes", de Andersen, confirmado gracias a google, por supuesto—, en el cual la hermana de once jóvenes, convertidos en cisnes por la mala del cuento, debe tejer once camisas de ortigas (o de algo igualmente difícil y doloroso de manipular) para romper el hechizo que cayó sobre sus hermanos (por cierto que casi lo logra, solo a un hermano le quedó un ala de cisne en lugar de brazo).

Pero claro, las once varas de la camisa de mi abuela nada tenían que ver con Andersen. Las once varas se refieren (según wikipedia explica en más detalle  aquí) al tamaño de una camisa que se usaba en la Edad Media en la ceremonia de adopción de un niño. Y el ritual simbolizaba lo complicado que podría ser la empresa que se estaba acometiendo y lo innecesario de complicarse la vida.

Yo me quedo con la primera parte, o sea, cómo a veces me complico la vida, pero no siempre es innecesario. Quizás incluso, a veces, sea necesarísimo. Mi complicación más presente en estos días es la escritura de mi segunda novela (aunque ahora dudo que la "primera", mientras no la reescriba, sea realmente una novela). Llevo casi dos años trabajando en ella (más otro año dándole vueltas al asunto mediante la escritura de relatos cortos). En el camino ha habido momentos gloriosos junto a otros en que he estado a punto de tirar la toalla. Lo esencial ha sido, sin duda, persistir, a pesar de todo, a pesar de mí.

Las últimas semanas he estado rondando y empezando a plasmar lo que será el centro neurálgico de la novela (como dice, Isa, mi súperprofe): el punto a partir del cual se empezará a gestar el desenlace. Y me señala Isa también que es normal (menos mal) que en este punto los capítulos se me hayan encasquillado un poco.

Ayer, sin ir más lejos, me vino una crisis: ¿por dónde me sigo? ¿vale la pena seguir? y demás preguntas del estilo. Y de pronto, mientras le daba vuelta a varias cuestiones en mi cabeza sin hallar una salida, me encontré con lo obvio: "No es tu historia la que estás contando. Estás contando la historia de tus personajes." Liberación (casi) total. Claro, me dije, la que importa no soy yo. Son ellos. Y así pude dar un paso atrás para, paradójicamente, acercarme a F y a A con más frescura y más cercanía.

Este paso, a su vez, me llevó a entender otro comentario de Isa. Despiadada y a distancia describió mi relación con los personajes en los capítulos más recientes. Claro, me volví a decir, si me quedo en el nivel de la novela como un simple "ajuste de cuentas", entonces me convierto en victimaria de mis propios personajes. Y eso, además de que no lleva la escritura a ningún lado, simple y sencillamente no se vale.


Así, la escritura como la vida:
tres pasos para adelante y dos para atrás, o tres o cuatro o los que haga falta.

Saliéndome de la camisa de once varas, no sin antes agradecer lo aprendido.

Errando y errando a lo largo del camino sin yerro.

jueves, 25 de mayo de 2017

«rapto»


El tema de hoy en el grupo de fotografía provocó, como quizá era de esperarse, un montón de reacciones. La más sana fue, me parece, preguntar a los administradores a qué se referían con el término "rapto", que en el diccionario (y en la experiencia) tiene varias acepciones, la mayoría poco agradables y, tristemente, más en estos tiempos en nuestro país.

El caso es que usaban "rapto fotográfico" para aludir a una captura espontánea, sin que el modelo se percate de que es nuestro objetivo, es decir, el modelo en cuestión no está posando para nosotros. También se dice que uno "rapta" una escena cuando registra a otro fotógrafo trabajando o cuando hace una toma completamente desprevenida de alguna situación.

O sea, "rapto" en el mejor sentido del término (obviando el sentido religioso o espiritual). 

Resulta que a mí me encanta raptar imágenes de desconocidos. (De hecho, son las únicas fotografías de personas que realmente me gusta tomar. Las otras las hago cuando no tengo opción.)

Buscando en mi archivo, me encontré varios "raptos". El preferido fue esta fotografía del otoño pasado en Madrid. En palabras de un colega del grupo, fotógrafo experimentado, resulta que: "además de ser un rapto fotográfico, tu imagen es todo un cuadro visual con un intuitivo manejo de la perspectiva a través del juego de líneas y contrastes luz-sombra... bien puedes contar una historia".

Así que quizás haya aquí escondido un relato, como en cualquier rincón del mundo.



miércoles, 24 de mayo de 2017

Invitado: Garab Dorje




No sigas los pensamientos pasados, no anticipes el futuro y no sigas los pensamientos ilusorios que surgen en el presente; sino que, volteando hacia dentro, observa tu propia naturaleza verdadera y permanece consciente de tu mente natural, así como es, más allá de las limitaciones conceptuales de pasado, presente y futuro. 




Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

viernes, 19 de mayo de 2017

Historia de un reptil


Antier llegué a mi consultorio con un pelín de anticipación, por fortuna. Cuando mi paciente y yo entramos al espacio donde está mi cubículo, vimos un bicho hermoso recargado, del lado de adentro, en la puerta de cristal que da al jardín. (¿Lagartija? ¿Iguana? Reptil. Eso seguro.)




Abrí la puerta con cuidado y el bicho ni se movió. La aseguré para que no se azotara y el animal seguía sin moverse. Entonces saqué mi cámara, previo aviso a mi paciente, que miraba todo con atención. Y al disparar, el ser se asustó y se metió corriendo a la casa. Detrás de él salió disparada Tantra, una de las gatas del consultorio, y lo cazó.

Horrorizadas, mi paciente y yo vimos salir a la gata con el bicho en las fauces. Yo me sentí fatal, responsable de lo sucedido. No me atrevía a ver al pobre lagarto y lo imaginé desangrándose. Mi paciente salió al jardín y me dijo que la gata lo había soltado y que solo estaba babeado, pero no tenía ninguna mordida.

Entonces nos dimos a la tarea de distraer a las dos gatas que merodeaban por ahí para evitar que lo lastimaran. El animal no se movía. Se debe estar haciendo el muerto, comentó ella. (Al día siguiente, otro paciente a quien le conté la historia, me dijo que estos reptiles incluso detienen su corazón para que la farsa de su muerte sea convincente.)

Después de un rato, las gatas volvieron al acecho y él seguía inmóvil. Mi paciente, atenta. Decidí ir por una escoba y un recogedor, para ver si lograba hacer que el reptil pudiera esconderse en una jardinera o en la barda. Lo empujé con la escoba y, oh sorpresa, salió corriendo y se volvió a meter a la casa.

Mi paciente y yo corrimos detrás y cerramos las puertas, para evitar la entrada de las gatas. Constatamos que el bicho se había escondido debajo de un librerito que hay en el vestíbulo. Estaba inmóvil otra vez. Acercamos dos macetas de piso para resguardar su escondite y nos fuimos, por fin, al consultorio.

Cuando acabó la sesión y despedí a mi paciente, decidí dejarle un poco de agua cerca al ser y avisar a mi casera lo sucedido.

Al día siguiente, había desaparecido. Por lo menos, fue un alivio no encontrar su cadáver. Igual nos volvemos a topar con él vez otra vez. O no. Es probable que haya podido salir. Yo jamás había visto un ejemplar semejante en Cuernavaca. El paciente que me contó lo del corazón (es veterinario y hombre de campo) me dijo que suelen habitar en lugares muy calientes.

Sabe dios cómo llegó a esta zona más fresca.
                                                                Otro de esos regalos inesperados de la vida.

martes, 16 de mayo de 2017

De mariposas, hierbas y cometas


con Luis Ma., por esa fascinación compartida

Hace unos días, cuando intentaba describir el estado emocional del protagonista de la novela en la cual estoy trabajando, se me ocurrió decir que se había quedado "como un niño a quien el cielo le robó el papalote", a sabiendas que de que, quizá, de aquel lado del Atlántico, donde viven la mayoría de mis compañeros de escritura y mi profe, la palabra que usamos acá para llamarle a los cometas de papel resonara de manera diferente o simplemente resultara sorprendente. Y así fue.

Luis Ma., a quien lo tocó comentar mi capítulo más reciente, reparó en el vocablo, para él desconocido, y lo llevó a profundizar. Entonces descubrió que, curiosamente, se parece a la palabra con que en valenciano (o catalán o mallorquín) se llama a las mariposas: “papallona”. Yo me acordé entonces del francés y su "papillon" y me puse a investigar más. (He ahí la fascinación compartida.) Descubrí que los vocablos catalán y francés, como el italiano "farfalla", provienen del latín "papilionem", acusativo de "papilio" (mariposa).

En cambio, la palabra gallega para nombrar al insecto alado es "bolboreta" y la portuguesa, "borboleta". Ambas vienen del latín "belbellita", diminutivo formado a partir de "bellus" (bueno o bonito).

Y ahora volviendo a nuestro papalote, culpable de toda esta digresión, resulta que la palabra viene del náhuatl "papalotl", que significa, claro, mariposa.  Porque a nosotros los cometas nos parecen mariposas. (El porqué de la similitud fónica con el latín queda, por lo menos de momento, pendiente. Quizá sea una mera coincidencia). Y platicando virtualmente sobre todo esto, le contaba yo a Luis Ma. que en México tenemos una hierba llamada papaloquelite (pápalo, familiarmente), cuyo nombre deriva del mismo "papalotl" y de "quilitl" (hierba comestible, que ha pasado al español como el genérico quelite), o sea, algo así como una hierba alas de mariposa (por la forma de sus hojas). Aquí puedes averiguar más sobre ella y de ahí mismo tomé prestada la imagen que aparece más abajo.

Lo que no le conté a Luis Ma. es que esta hierba me recuerda mucho a mi papá y hace mucho que no la pruebo. A él le encantaba comerla cruda, a mordidas, acompañando unos tacos. Tiene una sabor muy fuerte, de esos que, como me sucede con el apio, al mismo tiempo me gustan y no me gustan.

Así pues el viaje al que nos puede llevar una palabra.

Y, por cierto y para cerrar, el nombre de mariposa en castellano, no viene ni del latín ni del náhuatl, sino del apócope de María, Mari, y el imperativo del verbo posar, posa, porque, se dice en canciones antiguas y dichos infantiles, que a estos lepidótperos se les invitaba a posarse, en versos como “María pósate, descansa en el suelo”, según se afirma acá.