viernes, 13 de octubre de 2017

margarita 2


En Chimal, en casa de Ma. Eugenia
(si no me disgustaran los hashtags, quizá diría #nosabíaquemicámarasacarafotoscomoesta)

lunes, 9 de octubre de 2017

A tres semanas (casi)


Mañana se cumplirán tres semanas del terremoto aniversario del otro terremoto y yo no puedo acabar de aterrizar de vuelta. Quizás porque no hay vuelta. Porque el mundo es otro. Cambió. Como cambia a cada instante. Y escribir me alivia. Y así me empecé a aliviar, tres días después del "temblor" (me sorprende cómo los mexicanos les decimos así, "temblores", aunque sean terremotos), escribiéndole una crónica a una amiga en Barcelona. Hoy la transcribo aquí (con algunas variaciones), para seguir sanando:


Yo el martes 19 de septiembre estaba en casa. No había ido a trabajar a la escuela, pues tenía mucha gripa. Recién había terminado de hablar con una amiga en la Ciudad de México por el skype, cuando empezó a moverse mi departamento de una manera que no había sentido nunca y eso que llevo toda la vida viviendo en zona sísmica. Lo primero que vino a mi mente fue: "Esto se va a caer". Entonces corrí a la puerta, abrí la reja, cerrada con llave, y salí despavorida. Mis gatas se habían escondido y no podía sacarlas, pero pensé que si dejaba la puerta abierta y se salían, se perderían y entonces morirían. Me regresé a cerrar la puerta. Escuchaba cómo se caían cosas dentro. Llegué a la planta baja, donde había otros vecinos, preocupados, gritando, como idos. Algunos establecían contacto. Otros, no. Yo estaba en pijama, pero todo eso en ese momento no importaba.

Después de un rato, ayudé a una vecina a subir unas bolsas de súper antes de que fuera por su hija a la escuela. Entré a mi departamento por mi teléfono celular, vi el monitor de la computadora en el piso, cara abajo, pero funcionando. Apagué todo. Había muchas cosas rotas y hechas pedazos en el piso. Volví a salir. No tenía señal. Me fui hacia la caseta de guardias que resguardan los edificios para ver si tenían el teléfono en funciones y tratar de localizar a mi hijo en Ciudad de México. Nada. Me encontré con un vecino-amigo boliviano en el jardín, junto a una de las albercas, en pijama también y en shock. Lo abracé. Me puse a llorar. Me preguntó si íbamos por su hijo a la escuela. Tampoco podía localizar a su esposa, que estaba en el trabajo, en un edifico que resultó muy dañado. Le dije que por supuesto fuéramos por su hijo y luego por su esposa.

Resultó que ayudarlo a él, que le costaba trabajo tomar decisiones, me ayudó a mí. No sabíamos aún las dimensiones de lo ocurrido. Y yo seguía sin poder localizar a Santiago (tardé casi 8 horas en lograrlo). Tardamos un buen rato en el tráfico (había tramos donde el olor a gas era fortísimo), pero recogimos a la esposa de mi amiga, embarazada y muy asustada, pero bien. Volvimos a casa. Decidimos comer en el jardín, tipo pic-nic, juntamos la comida y empezamos a convivir y a apoyar a otros vecinos. A hablar. Yo temía volver a casa. Y aún no localizaba a Santiago. Y ya se acercaba la noche. 

Finalmente volví, prendí mi compu, me puse a barrer objetos rotos (muchos adornos habían perdido la cabeza, literalmente), a contestar mensajes, a hacer llamadas, a limpiar la arena de mis gatas, en un estado como partida en varios pedazos. Me acordé que tenía ropa en la lavadora desde hacía horas y que se iba a apestar. (Qué rara es la mente.) La colgué en el balcón. Finalmente, un amigo de mi hijo me habló para decirme que ya había hablado con él. Le hablé yo. Un alivio enorme. Y entonces empaqué una bolsa para irme a dormir a casa de mis amigos. (Me daba miedo dormir en casa sola.)

Al día siguiente me pasé casi el día entero con ellos. (Tienen un niño de 6 años, que se ha enamorado de mí y yo de él...). Pasé unos ratos en mi casa, con mis gatas, viendo mensajes. Comimos juntos. Luego fuimos al súper por víveres que llevamos a la Cruz Roja. Volvía a mi casa otro rato. Volví a la de ellos. Me puse a vomitar (creo que era más el susto guardado que otra cosa). El niño quiso ver una peli. Me quedé dormida y luego ya me fui a su cama (él se quedó con los papás). Esta mañana desayunamos algo juntos, los papás bastante pegados a sus celulares, con unas imágenes terribles de la tragedia y también de la solidaridad. Y ya me tocó volver a casa. Hablé con mi hijo, que llega al rato. (Las clases están suspendidas hasta nuevo aviso.) Yo me bañaré, comeré y me iré al consultorio a ver tres pacientes.


Y hasta ahí, el 21 de septiembre. Hoy ya es 9 de octubre. Y yo aún me mareo en casa y siento que vuelve a temblar varias veces al día. Y me siento resquebrajada por dentro (como mucha de la gente que me rodea). Al principio tenía la sensación de que la cotidianeidad se había roto y con ella muchas cosas, grandes y chicas. Ahora la cotidianeidad ha medio vuelto. Pero, claro, nunca volverá a ser la misma.

El sábado, después de un taller sobre teatro de participación, en el que me involucré con un grupo de personas para seguir trabajando en las comunidades afectadas por el "temblor" y ayudarnos a sanar, salimos a la calle y nos encontramos con que estaban demoliendo la barda de la casa al otro lado de la calle. Varios días había estado apuntalada para evitar que se derrumbara, pero ahora ya prácticamente había desaparecido. Se veía la casa desnuda al fondo, y al frente, las raíces de dos hules enormes se habían quedado sin tierra de donde agarrarse, pues sus raíces se habían entretejido con las piedras que formaran la barda.

Quizá esta sea una buena imagen de cómo varios nos sentimos por fuera y por dentro:



















domingo, 8 de octubre de 2017

Invitado: Dzogchen Ponlop Rinpoché


Cómo trabajar con la depresión


Depresión. Nunca había oído la palabra hasta que llegué aquí, a América. Mientras crecía en la India, nunca conocí a nadie allá que tuviera depresión. Pero viviendo aquí en los Estados Unidos, llegué a aprender más acerca de la depresión. Después de estar aquí durante un rato, la puedes sentir tu mismo también.
Desde mi perspectiva, cuando experimentamos estos estados mentales tan difíciles, es importante ver que, de hecho, estamos parados en una encrucijada. Es un momento crítico. Es como si hubiera una línea muy delgada ahí. Y si cruzas esa línea, podrías perderlo todo. 
Pero si tomamos esta oportunidad para trabajar con nuestra mente, podemos ver, antes que nada, que estamos en un punto donde no hay manera de ir más abajo. Solo puedes ir hacia arriba desde ese punto. Has tocado fondo y es una gran oportunidad en el sentido de que, si podemos trabajar con nuestra mente y movernos hacia arriba, entonces aun los estados mentales más difíciles no pueden de hecho, dañarnos. Podemos usar esa experiencia para desarrollar una mente fuerte y positiva. 

Uno de nuestros primeros problemas es que tendemos a hablar y pensar acerca de los estados mentales difíciles. 

Por ejemplo, decimos: “Estoy deprimido.” Cuando dices: “Estoy deprimido”, suena casi como si tú mismo fueras la depresión, lo cual, por supuesto, no es el caso. Tú no eres depresión. ¡Tú eres tú! Y estás teniendo un momento, una experiencia o un pensamiento de depresión. 
Pero si observas el pensamiento o la sensación de depresión y piensas: “Ah, estoy teniendo un pensamiento de depresión en este momento o “Estoy teniendo una sensación de depresión”, entonces la experiencia ya se torna más ligera, en lugar de que parezca ser continua, como si pudiera seguir para siempre. Si puedes ver la experiencia e identificarla como este momento solo de experiencia, entonces no tienes la sensación de estar atorado.

Trabajar con los estados mentales difíciles: Un ejercicio contemplativo 

Se han hecho muchos estudios que dicen que simplemente nombrar las emociones reduce su poder. Así que meramente identificar nuestros pensamientos y emociones negativos es una forma muy útil de liberar su energía.
Aquí hay una manera de trabajar con tu mente cuando está en un estado difícil, tal como enojo, depresión o ansiedad.

1. Comienza simplemente trayendo tu mente al momento presente. 

2. Observa tu experiencia tal como es en este momento, sin juicios, sin interpretaciones. 

3. Simplemente identifica esa experiencia: “Siento cómo está surgiendo el enojo ahora.”  “Estoy experimentando ansiedad.”  “Tengo un pensamiento de depresión.” 

4. Una vez que has identificado el pensamiento o la experiencia, chécate internamente. ¿Cómo te sientes? Nota tu estado mental en este momento. ¿Hay alguna diferencia?


Cuando identificas los pensamientos y las emociones perturbadoras a medida que surgen, puedes obtener algo de espacio y distancia con respecto a ellas y esto puede traer algún sentido de alivio. Cuando puedes verlo e identificarlo claramente, entonces aun si estás teniendo un momento de depresión, este puede volverse una experiencia mucho más ligera.
Al continuar practicando  esta manera de observar los estados mentales difíciles, puedes desarrollar bastante habilidad, mucha sabiduría para soltar y liberar esa sensación o experiencia de depresión. 
Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

jueves, 5 de octubre de 2017

Historia de una planta 2



Hace añísimos (Santiago era un bebé en ese entonces), Adrián y yo andábamos de paseo por Tepoz y alrededores  y nos llamó la atención un puesto de plantas sobre la carretera: solo cactáceas. Grandes, pequeñas, con flores, sin ellas, con espinas o sin espinas. Quizá hubiera también alguna suculenta. Decidimos comprar una, esa que parecía una piedra. Venía en un pequeña maceta de plástico café. La llevamos a casa y empezamos a cuidarla. Crecía muy despacio.

Cuando nos separamos, la "piedra" se vino conmigo. Y la seguí cuidando. Y siguió creciendo. Muy despacio. Cuando llegamos al departamento donde llevamos ya 12 años, la coloqué en el balcón y un buen día, sin querer, la empujé y cayó dos pisos. Bajé corriendo a recogerla. La maceta se había roto y la planta estaba herida pero completa.


Entonces la recogí con cuidado y la volví a subir. Desalojé una maceta que ya tenía solo yerbas y la trasplanté, disculpándome por mi descuido y deseando que sobreviviera. De eso, debe hacer uno o dos años. Seguí cuidándola, maravillada de que se repusiera de la caída. Al poco tiempo, noté que le salían unas pequeñas protuberancias peluditas al centro de las seis gajos que la componen. Pensé que podría estar a punto de florear, pero las protuberancias se quedaron así, sin mayor cambio. Hasta que hace unos días, después del terremoto del 19 de septiembre de este año, salí al balcón, a recoger ropa seca, quizá. Estaba de mal humor, o más bien con esta sensación de resquebrajamiento interno que nos ha quedado a muchos después del sismo. Entonces descubrí que la piedra tenía una preciosa flor, amarillo claro. Sorprendida y encantada, tomé la maceta entre mis manos y se la enseñé a Santiago, que estaba pasando en Cuernavaca unos días, esperando volver a clases en la Ciudad de México. "Mira", le dije entusiasmada, "floreó". Y le saqué unas cuantas fotos. En ese momento, mi malestar cesó dando paso a un espacio abierto.


Como esta planta, como tantos seres, la vida sigue a pesar de las resquebrajaduras o con todo y ellas. No desaparecen. Nos dejan marcados. Y aprendemos a seguir viendo de otro modo.
Nuevo.
Diferente.

Eso debe ser la tan mentada "resiliencia", la "capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos", como la define la RAE.

Menos mal que siempre hay alguien por ahí que nos lo recuerda cuando nos preguntamos cómo hacer para seguir, cuando incluso levantarnos de la cama parece, de pronto, una tarea inabarcable.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Víspera de San Miguel 3


Ayer iba hacia la universidad, donde se reanudaba mi taller de escritura de textos académicos, suspendido la semana pasada debido al terremoto. De camino, aún mareada de pronto o asustada o solo muy vulnerable, recordé que se acercaba San Miguel. ¿Dónde podría encontrar las cruces de pericón (esa flor amarilla, casi naranja, de olor muy penetrante, típica de esta época del año, junto con el maíz y las flores de calabaza)? Cada año pongo una en la puerta de mi casa y en el cofre de mi auto. Como protección. Porque justo hoy el chamuco anda suelto (aunque parece que ya lleva mucho más tiempo así). Es una costumbre heredada de mi abuela Rosa y es una invocación a los protectores. Las cruces se quedan un año (a menos que la del coche se caiga antes, lo cual a veces sucede y otras, no).

Y mientras subía, antes de la curva pronunciada que anuncia que el campus está cerca, vi una camioneta azul estacionada del lado derecho, con una cuerda enfrente de las ventanas, de la cual colgaban varias cruces. Dudé en pararme, pero tenía tiempo y encontré un lugar justito adelante. Me paré. Me bajé. Llegué al vehículo e inmediatamente apareció el dueño: Un joven, muy joven, seguido de un bebé de dos años más o menos.



—¿A cómo las cruces? ¿Tiene chiquitas para el coche?
—Las grandes a $15 (en realidad eran enormes, o sea, hechas con ramos gruesos de pericón) y las chicas (que en realidad eran grandes) a $10. Está escaso el pericón.
—Pues con todo lo que ha pasado (aunque realmente no sé qué relación hay entre lo que ha pasado y las flores; quizá el exceso de lluvia). Deme dos y un ramo de pericón. ¿A cómo el ramo?
—También a $10. Están recién cortados. ¿Quiere que le ponga la del coche?
—No, gracias; llevo prisa. (Pero en realidad no llevaba prisa.) Bueno sí. Voy a dar clase a la UAEM pero tengo tiempo.
—Yo estudiaba ahí. Ingeniería química. Pero lo dejé.
—No me diga. ¿Por qué?
—(Y señaló a su hijo.) Son dos. Hay que ver por ellos. No alcanza.
—Uy, qué lástima. Ojalá pueda volver.
—Esa es mi idea.



Entonces con todo cuidado, amarró la cruz del coche (mientras el niño se asomaba al motor) y se hizo cargo de la cruz del año pasado (ya casi por completo quemada, pero resistiendo). Nos estrechamos la mano y nos deseamos cosas buenas.


Así la víspera de San Miguel. Este año del temblor. Con más solidaridad.
Con más contacto. Más humanos.

















martes, 26 de septiembre de 2017

Invitado: Dalai Lama XIV


Hay algo gravemente faltante


Está claro que hay algo gravemente faltante en la manera en que nosotros los humanos estamos haciendo las cosas. ¿Pero qué es lo que nos hace falta? El problema fundamental, me parece, es que en cada nivel estamos prestando demasiada atención a los aspectos externos y materiales de la vida, mientras que descuidamos la ética moral y los valores internos.  Por valores internos me refiero a las cualidades que todos apreciamos en los demás y hacia las cuales todos tenemos un instinto natural, legado por nuestra naturaleza biológica como animales que sobreviven y florecen solo en un ambiente de cuidado, afecto y calidez emocional o, en una sola palabra, compasión. La esencia de la compasión es un deseo de aliviar el sufrimiento de los demás y promover su bienestar. Este es el principio espiritual del cual emergen todos los demás valores internos positivos.  

Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Invitado: Mark Epstein


El trauma de estar vivos

HABLANDO con mi madre, de ochenta y ocho años de edad, cuatro años y medio después de la muerte de mi padre a causa de un tumor cerebral, me sorprendió escuchar cómo se cuestionaba a sí misma. Uno pensaría que, a estas alturas, ya lo habría superado,” dijo, refiriéndose al dolor de perder a mi padre, su marido durante casi sesenta años. “Ya han pasado más de cuatro años y yo sigo alterada.”

No estoy seguro si me hice psiquiatra porque a mi madre le gustaba hablarme de esta manera cuando yo era joven o si me habla de esta manera ahora porque me hice psiquiatra, pero me dio gusto tener esta conversación con ella. Es necesario hablar de la pena surgida de la pérdida. Cuando se soporta de forma demasiado privada, tiende a corroer su propio apoyo. 

“El trauma nunca desaparece por completo,” le respondí. “Cambia quizás, se suaviza un poco con el tiempo, pero nunca desaparece por completo. ¿Qué te hace pensar que deberías haberlo superado completamente? No creo que funcione de esa manera.” Hubo un sentido palpable de alivio a medida que mi madre contempló mi opinión.

“¿No tengo que sentirme culpable por no haberlo superado?”, preguntó. “Me tomó diez años después de que muriera mi primer esposo,” recordó de pronto, pensando en su novio de la universidad, en su muerte repentina debida a una condición cardiaca cuando ella tenía veintitantos años, unos cuantos antes de conocer a mi padre. 

Nunca supe del primer marido de mi madre hasta un día en que estaba jugando Scrabble, cuando tenía diez u once años, y abrí su gastada copia del Webster’s Dictionary para buscar una palabra. Ahí, en la parte interior de la portada, estaba su nombre, manuscrito por ella en tinta negra. Solo que no era su nombre actual (y no era su nombre de soltera). Era otro nombre extraño: no Sherrie Epstein, sino Sherrie Steinbach: una versión alternativa de mi madre, al mismo tiempo enteramente familiar (en su caligrafía particular) y completamente ajena. 

 “¿Qué es esto?” recuerdo que le pregunté, mientras sostenía el descolorido diccionario azul, y la historia se desgranó atropelladamente.  A partir de entonces, rara vez se habló de ello, por lo menos hasta que mi padre murió medio siglo después, momento en el cual mi madre empezó a traerla a colación, esta vez por voluntad propia. No estoy seguro de que el trauma de la muerte de su primer marido hubiera llegado a desaparecer por completo; parecía estar surgiendo otra vez en el contexto de la muerte de mi padre.

El trauma no es solo el resultado de los desastres mayores. No les sucede solo a algunas personas. Un trasfondo de trauma corre a través de la vida cotidiana, atravesada, tal como está, por la conmoción de la impermanencia. Me gusta decir que, si no estamos sufriendo de un trastorno de estrés postraumático, estamos sufriendo de un trastorno de estrés pretraumático. No hay manera de estar vivos sin estar conscientes del potencial para el desastre.  De un modo u otro, la muerte (y sus primos: la vejez, la enfermedad, los accidentes, la separación y la pérdida) pende sobre todos nosotros. Nadie es inmune. Nuestro mundo es inestable e impredecible y opera, en gran medida y a pesar del increíble progreso científico, fuera de nuestra capacidad para controlarlo.

Mi respuesta a mi madre —que el trauma nunca desaparece del todo— apunta a algo que he aprendido a lo largo de mis años como psiquiatra. Al resistirnos al trauma y defendernos para evitar sentir su impacto pleno, nos privamos de su verdad. Como terapeuta, puedo testificar sobre cuán difícil puede ser reconocer la propia angustia y admitir la propia vulnerabilidad. La reacción instintiva de mi madre,  “¿No debería ya haber superado esto a estas alturas?”, es muy común.  Hay una premura por lo normal en muchos de nosotros que nos impide el acceso no solo a la profundidad de nuestro propio sufrimiento, sino también, en consecuencia, al sufrimiento de los demás.

Cuando golpean los desastres, podemos tener una respuesta empática inmediata, pero por debajo solemos estar condicionados a creer que lo “ normal es donde todos deberíamos estar. A las víctimas de los bombardeos en el Maratón de Boston les tomará años recuperarse. Los soldados que regresan de la guerra llevan sus experiencias de los campos de batalla en su interior. ¿Podemos nosotros, como comunidad, mantener a estas personas en nuestros corazones durante años? ¿O seguiremos adelante, esperando que ellos sigan adelante, de la manera en que el padre de uno de mis amigos esperaba que su hijo de cuatro años —mi amigo— siguiera adelante después de que su madre se suicidó, diciéndole una mañana que ella había desaparecido y nunca mencionándola de nuevo? 

EN 1969, después de trabajar con pacientes en etapa terminal, la psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross sacó el trauma de la muerte fuera del clóset con la publicación de su revolucionario trabajo, Sobre la muerte y el morir. Ella delineó un modelo del duelo en cinco etapas: negación, enojo, negociación, depresión y aceptación. Su trabajo fue radical en esa época. Convirtió la muerte en un tema normal de conversación, pero tuvo el efecto inadvertido de hacer a la gente sentir, como le sucedió a mi madre, que el duelo es algo que hay que hacer correctamente.

El duelo, sin embargo, no tiene cronograma. La pena no es igual para todo el mundo. Y no siempre desaparece. Lo más cercano a un consenso sobre el tema entre los terapeutas de hoy es la convicción de que la manera más sana de lidiar con el trauma es aceptarlo, en lugar de tratar de mantenerlo a raya. El apremio reflexivo hacia lo normal es contraproducente. En el intento por encajar, por ser normal, la persona traumatizada (y eso nos incluye a la mayoría) se siente alienada. 

Mientras que estamos acostumbrados a pensar en el trauma como el resultado inevitable de un cataclismo mayor, la vida diaria está llena de traumas pequeños. Las cosas se rompen. La gente lastima nuestros sentimientos. Las garrapatas portan la enfermedad de Lyme. Las mascotas se mueren. Los amigos se enferman e incluso se mueren. 

“Están disparándole a nuestro regimiento ahora", dijo un amigo de sesenta años el otro día mientras hacía un recuento de las diversas enfermedades de sus allegados. “Somos los que venimos subiendo por la colina.” Tenía razón, pero los sustentos traumáticos de la vida no son específicos para ninguna generación. El primer día de clases y el primer día en un centro de vida asistida son notablemente similares.  La separación y la pérdida nos tocan a todos. 

Me sorprendió cuando mi madre mencionó que le había tomado diez años recuperarse de la muerte de su primer esposo. Yo habría tenido seis o siete años, pensé para mí, para cuando ella empezó a sentirse mejor. Mi padre, aunque fue un médico compasivo, no había querido lidiar con ese aspecto de la historia de mi madre. Cuando ella se casó con él, le dio las fotografías de su boda anterior a una hermana para que se las guardara. Yo nunca supe de ellas ni pensé en preguntar por ellas, pero tras la muerte de mi padre, mi madre de pronto se abrió mucho respecto a este periodo escondido de su vida, que se había quedado a la espera, sin que nadie lo abordara más que esporádicamente, durante sesenta años.

Mi madre se estaba sometiendo a la misma presión al lidiar con la muerte de mi padre como lo había hecho cuando murió su primer marido. El trauma temprano estaba condicionando el más tardío, y las dificultades solo se estaban intensificando. Me dio gusto ser psiquiatra y me sentí agradecido de mis inclinaciones budistas cuando hablé con ella. Le podía ofrecer algo más allá de los embaucos del apremio hacia lo normal. 

La disposición para enfrentar los traumas —ya sean grandes, pequeños, primitivos o frescos— es la clave para curarse de ellos. Quizá nunca desaparezcan de la forma en que pensamos que deberían, pero quizá no necesitamos que lo hagan. El trauma es un aspecto de la vida que no se puede arrancar. Somos humanos como resultado de ello, no a pesar de ello. 


Mark Epstein es psiquiatra y autor —más recientemente— del libro de próxima aparición, The Trauma of Everyday Life (El trauma de la vida cotidiana).

Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

viernes, 22 de septiembre de 2017

mi tía Marisa (2)


Hoy, en la madrugada, recién iniciado el día, murió mi tía Marisa (aquí una semblanza que hice de ella hace cinco años).

Hoy aprovecho este espacio para mandarle todo mi cariño y mi aspiración de que su tránsito sea fluido y suave, como me cuenta mi prima Carmela que fue su muerte.


Y la recuerdo aquí, en su casa, en su rancho querido, caminando del brazo de mi hijo y platicando mucho mucho, como siempre hacía, en el verano del 2010:

























domingo, 10 de septiembre de 2017

dos soledades


dos soledades
solas
en plena oscuridad

dos miradas
se cruzan

un instante se reconocen
un saludo, aun

una añoranza, quizá
el velo de un miedo añejo

de nuevo se cruzan 
distantes

en plena oscuridad
solas
dos soledades

sábado, 9 de septiembre de 2017

:r:i:t:m:o: :v:i:s:u:a:l:


Hace unos días aprendí que algo que capto intuitivamente en algunas fotos tiene, de hecho, un nombre: ritmo visual.

Se trata de un elemento más de la composición, que consiste en la repetición y ordenamiento de las formas, las colores o las líneas . El ritmo puede ser uniforme (formas repetidas regularmente), alterno (combinación de dos o más formas), creciente (formas que se agrandan) o decreciente (formas que se empequeñecen), radial (expansión progresiva a partir de un punto central), o simétrico (repetición de la misma forma a ambos lados de una imagen).

Bueno, eso es en cuanto a técnica (para no olvidarme y poder seguir experimentando).

Lo que en realidad me resulta fascinante es nuestra capacidad de nombrar aquello que percibimos sin el filtro de los conceptos y las palabras. Es, sin duda, un proceso inevitable e incluso necesario para poder comunicarnos con los demás. El riesgo es dejar de ver lo que la intuición nos muestra por aferrarnos demasiado a la etiqueta que le superponemos.

En fin, he aquí una muestra de imágenes con ritmo visual:


edificio en Madrid


pan en la Feria de Tlaltenango



sombras en la calle

viernes, 8 de septiembre de 2017

Invitado: Santiago Bellon Iglesias


Añoranza

Me levanto del asiento del camión y me aproximo a la puerta de salida. El sonido del timbre y apertura de puertas subsecuentes me reciben con una oleada de calor húmedo. Cuernavaca y su inconfundible temperatura. Claro, tampoco podía faltar el “¡Ese güero!” de los vendedores ambulantes en la esquina de Ávila Camacho. Después de esta jocosa bienvenida, me dispongo a avanzar por la pronunciada pendiente que eventualmente me llevará a mi calle.
Después de unos minutos de penoso ascenso, comienzo a divisar los diversos establecimientos que pueblan la avenida. Los abarrotes, el changarro de micheladas, los restaurantes... Observo caras conocidas franqueando los umbrales de aquellos locales que tantas veces he visto, sin llegar a entrar. La mayoría de estas caras no me saludan, pero noto señales de reconocimiento casi imperceptibles en sus facciones cuando posan sus ojos sobre los míos.
Cruzo una calle, e inmediatamente me atrapa el embriagador aroma de tacos al pastor. Los gritos de los meseros, el calor del fuego y el sonido de la carne marinada cocinándose a fuego lento en el trompo me hacen agua la boca. Son incontables las veces que mi paladar se ha deleitado con un alambre y un agua de horchata en esta, mi taquería favorita. Enseguida me encuentro frente a frente con el mecánico de la esquina, el cual siempre me sorprende por su inconfundible parecido a Elijah Wood. De nuevo, sin saludarnos pero reconociéndonos el uno al otro.
Finalmente doblo la esquina en San Jerónimo, la calle en donde he vivido durante los últimos 12 años. Siento mis pies golpeando el pavimento a cada paso, el sol provinciano acariciando mi piel, escucho los trinos de los pájaros que anuncian el atardecer. Los recuerdos se agolpan en mi mente, recordándome momentos en que todo era más fácil, en que no tenía que pensar constantemente en el mañana; solo me tenía que preocupar por llegar a mi hogar sano y salvo. Ahora nada más vengo de visita, los recuerdos se combinan con angustia, con incertidumbre y melancolía. Pero mi corazón da un vuelco y mi respiración se tranquiliza cuando el portón de mi fraccionamiento se abre, extendiéndome los brazos como diciendo: Bienvenido a casa.

jueves, 7 de septiembre de 2017

/-2-//-s-/-e-/-m-/-a-/-n-/-a-/-s-//-2-/


Pues eso, que ya se han pasado dos semanas, quince días, 336 horas, desde la última publicación en el blog. Ma. Eugenia, mi comadre, dice que cuando esto sucede, ella sabe que algo me está pasando. Emocionalmente. Que las cosas no andan del todo bien o andan muy movidas. Afuera, quizás, pero probablemente, más adentro. Casi seguro.

Y no se equivoca. 

A mí, la llegada del otoño suele hacérseme cuesta arriba. Y eso que aún no llega. Oficialmente. Porque el clima ha estado, bueno, más "veraniego" que de costumbre: Lluvia incesante, casi total ausencia de sol y viento helado. Si a eso le sumamos, el silbato de los policías que intentan dirigir el tráfico enloquecido por la Feria de Tlaltenango, el tiempo está en plena metamorfosis.

Y así mi humor, mi salud, mi ánimo.

Aclimatarme de nuevo al trabajo ha sido más arduo que otros años. Tal vez porque la vuelta a las clases coincidió con la partida de Santiago a las suyas en la UNAM en México. Y también porque el número de horas frente a alumnos aumentó considerablemente, incluyendo por lo menos cuatro grupos con caras nuevas. 

Se han quejado mis rodillas. Y mi panza. Y mi cabeza. Y mi mente, por supuesto. Le cuesta (me cuesta) soltar. Y suelta, finalmente, (suelto) pero luego se (me) vuelve(o) a apegar.

Y me resisto. Y me tenso. Y me sigo tensando. Hasta que la tensión alcanza su punto máximo: Y entonces me caigo (por fortuna, del suelo no paso), o lloro (con razón o sin ella), o intento escribir (y no puedo). Y entonces vuelvo a soltar (cuando ya no queda de otra): Me levanto. Sigo llorando. Dejo de llorar. Vuelvo a escribir. Lloro un poco más.

Y me voy a dar un paseo por la feria. Y compro macetas (para trasplantar violetas), cocoles (para que Santiago se lleve a México) y me encuentro imágenes:



Como la vida.

Siempre en movimiento.

Yendo hacia arriba.
Hacia abajo.

En soledad.
O en compañía.

Y el ciclo vuelve a empezar. Las rodillas, a sanar. Las migrañas, a ceder.

El sol, a abrirse paso entre las nubes.
(Unos días más que otros.)

Y las palabras, a abrirse paso entre la ansiedad y los silencios.
(De momento y, después, ya veremos...)


jueves, 24 de agosto de 2017

pregunta


Si un suspiro, como decía mi abuela Rosa, es un beso no dado, ¿qué es entonces ese beso que alguien nos da, en un sueño, quien sea, un desconocido, que  posa ligeramente sus labios sobre los nuestros, sin abrirlos, dejando una huella de deseo y de ternura, de cercanía, que desaparece al despertarnos?


Quizá sea como una flor silvestre al borde del camino de un estacionamiento, donde ilumina el mundo sin que nadie la vea apenas.




lunes, 21 de agosto de 2017

Coming of Age


A veces, las palabras para darle nombre a lo que siento o a lo que me pasa se me presentan en inglés. Como hoy y como ayer y antier en que he estado cavilando sobre la edad y el envejecimiento y me vino a la mente la expresión "coming of age".

El Cambridge Dictionary apunta aquí a tres significados de la frase: 1. momento en que la persona se hace oficialmente adulta y puede votar; 2. momento en que alguien madura emocionalmente o de alguna otra manera, y 3. momento en que algo comienza a tener éxito. A mí se me presentó una cuarta posibilidad, que abarca varias cuestiones.

Habiendo cumplido con la 1 hace mucho tiempo, me sigo preguntando cómo se verá aquello de alcanzar la madurez (a lo que hace poco aludía acá) en cualquier sentido y si es algo a lo que en verdad aspiro. Y tampoco estoy muy segura sobre lo que es el "éxito" ni si quiero llegar allí. Lo que sí sé es que yo durante mucho tiempo me vi más joven de lo que era, o sea, fui muy come(o traga)años. (Hace poco me encontré una foto de unos meses antes de divorciarme, así que tendría 39 años y parecía de 29 o menos...) Sin embargo, ahora me parece que ya me veo de la edad que tengo: cincuenta y tantos. Bien llevados, creo.

Asumirme y aceptarme así, con los cambios que implica (los muy evidentes, como a nivel corporal, —incluyendo la papada que es herencia directa de mi papá— y los menos evidentes, como a nivel emocional y de carácter —las tablas para dar clase, la capacidad de reírme de mí misma o la caída en cuenta de que la soledad, en el sentido de no tener pareja, puede ser una bendición en disfraz) es lo que hoy me parece ese coming of age: Alcanzar mi edad, sabiendo que día a día se acumula más, amar mis canas, liberarme de expectativas y presiones sociales (sí al estilo de alguna declaración atribuida a Meryl Streep, que anda por ahí dando vueltas en el internet). Y, así, a la edad que tengo, siento que tengo el mundo y la vida a mi disposición otra vez: para escribir en serio, para meditar en serio, para ir al cine a la hora que se me dé la gana, para esperar la visita de fin de semana de mi hijo y armarme un buen plan cuando no viene, para pensar en mudarme de país durante un rato...

Y también para contestarle "Cómo tú quieras" a la chica que me vendió hace 2 días un boleto de cine, después de que hubo de preguntarme tres veces, porque ni le oía ni le entendía, si el boleto era "De tercera edad o de adulto." Entonces decidió cobrármelo de 3a edad y como iba yo a una función doble, pagué un boleto por ver dos películas, aunque me falten 6 años para tener la credencial que me acredite oficialmente como "vieja". (Aún recuerdo la impresión que fue que me llamaran "señora" por primera vez, en lugar de "señorita" y eso que no tenía ni idea de lo que se vendría después.)

O replicarles a mis alumnos cuando, por quedar bien conmigo, me dicen que parezco de 27, que si tuviera 27 y me viera como me veo, me tiraría por un balcón...

Quizá estos "privilegios" de los cincuenta sean otra manera de "madurar" y "tener éxito".
O no...

miércoles, 16 de agosto de 2017

Invitada: Evelyn Arón


Cuando tú y yo hablamos                                               
                                                                                               para Adela

Cuando tú y yo hablamos

bailamos la deliciosa danza del diálogo,

con mis pasos lentos y arrastrados, pa’delante y para atrás,

y tus pasos ágiles, que corren, brincan y vuelan,

salen chispas de entendimiento, sentimiento y luz.

Y allí en esa danza, se crea una hermandad, un alimento del alma,

satisfacción honda.

Pero a veces, cuando estoy mal y abajo y dentro de mí,

y tú estás como tren bala, a mil por hora,

me arrollas.

Tratas de sacarme del cubo, pero estoy atorada,

y el tren bala sigue su camino,

implacable,

mientras yo, pusilánime, derrotada,

me cierro, me ofendo y me voy.

Pero si lo veo y logro decírtelo,

y tú logras escuchar y ver,

evitamos el arrollamiento y el ofendimiento,

y volvemos a danzar.

Cuerna. 7 agosto,  ’17. 


lunes, 14 de agosto de 2017

Invitado: Mingyur Rinpoché




Acoger las condiciones que nos afligen 







Las enseñanzas y prácticas trazadas por el Buda hace dos mil quinientos años de ninguna manera implican conquistar los problemas o deshacernos del sentido de soledad, malestar o miedo que acecha nuestras vidas cotidianas. Al contrario, el Buda enseñó que podemos encontrar nuestra libertad solo acogiendo las condiciones que nos afligen.
Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

jueves, 10 de agosto de 2017

Chimal


Cuando de muy joven leí La insoportable levedad del ser de Milan Kundera (supongo que fue allí), me impresionó cuando el narrador hablaba de esa suerte de diccionario que tienen los amantes: una colección de las palabras cuyo sentido está determinado por la relación misma y es inaccesible para alguien fuera de ese contexto. Con el paso de los años, me he dado cuenta cómo lo mismo sucede a nivel individual. Es decir, hay palabras que para cada persona tienen un sentido único, porque están asociadas con diferentes vivencias, personas o emociones y su significado, además, va cambiando con el tiempo.

Así me pasa con el vocablo "Chimal", llanamente el apócope del nombre de un pueblo en el Estado de México, situado en las faldas del volcán Popocatépetl, pegadito a la cabecera municipal, Ozumba de Alzate.

En Chimal, mi tía Marisa y su primer marido, mi tío Jean compraron y arreglaron hace añísimos una casa hermosísima. Xantepa la llamaron (o ya se llamaba así, no lo sé de cierto), mejor conocida en la familia como "el rancho". Allí se hacían toda suerte de celebraciones (bodas, bautizos, primeras comuniones, comidas de Año Nuevo). La última fueron los 90 años de mi tía. Después se vendió "el rancho" y ella se fue a vivir a Guadalajara.

A mí de adolescente me encantaba acompañar a mi papá a visitar a su hermana o quedarme unos días de vacaciones con los tíos, sobre todo en el época en que mi abuela Ma. Luisa vivió allá y tuvimos oportunidad de convivir más.

En la parte de abajo del terreno de Xantepa, desde donde se ve el volcán, mi papá construyó también su propia casa. "El castillo plano" le digo yo, nombre que se le ocurrió alguna vez a Adrián, mi esposo, cuando vivimos allí una temporada. También nos habíamos casado en ese lugar unos meses antes. (La ceremonia civil fue en el castillo y la fiesta en casa de mi tía.) 

En este Chimal ampliado, pasé mis primeros meses de embarazo, muerta de frío en el caserón de mi papá. Mientras vivimos en aquella casa, estrechamos los lazos con "la comadre", Ma. Eugenia, la arquitecta de esa casa, quien había ido como invitada del "señor del castillo" a nuestra boda. (Esa casa, de hecho, se vendió también, aun antes que la de mi tía, después de la muerte de mis padres.)




En aquella época, hace más de veinte años, Chimal pasó a significar también el Café del Arco, localito que "la arqui" abrió en la casa suya y de su mamá, doña T. (Su papá había muerto un poco antes y tristemente no tuvimos ocasión de tratarlo.) Ahí íbamos Adrián y yo (con "Merengue" incluido, a veces transportados en carretilla) una vez a la semana, por lo menos, a comer bocadillos, galletas y beber té de la casa. Y, así, fue profundizándose nuestra amistad con Ma. Eugenia, fortaleciéndose el vínculo que, a la fecha, es uno de los más importantes en la vida de Santiago y mía.





Hoy Chimal es, ni más ni menos, nuestro (de mi hijo y mío) lugar seguro. Así de simple. Pasar nuestras vacaciones en casa de Ma. Eugenia, también llamada Tlanihuitl, en compañía de la Charamusca, su perra, Cleopatra, su gata, y su caterva de pollos, además de las golondrinas que año con año vuelven a anidar y procrear, es el mejor antídoto para el estrés, el cansancio, las tristezas, las dudas o los enojos. Siempre anda por ahí el recuerdo de doña T y de lo que opinaría de tal o cual cosa y ahora también acordamos del Bon, el gato blanco con cara de enojado que recién pasó a mejor vida.




Chimal es jugar continental, ver pelis, desayunar tlacoyos, tamales, huevos rancheros, tacos de papa, dobladitas de queso. Chimal es platicar, platicar de todo: de la vida, de la muerte, de lo cotidiano, de lo trascendente, de la UNAM, de los amores y desamores, de las esperanzas y las pasiones. Chimal es reírnos como locos, con o sin provocación. Chimal es ver a los pollos darse un festín en el balneario que han hecho en lo que era el jardín de la casa. Chimal es sacar fotos, cientos de fotos, y luego compartirlas con la comadre y fotografiar algo por encargo suyo. Flores de manzanos y de perales. Manzanas y peras. Aves del paraíso y floripondios. Ropa colgada. Sombras de ropa colgada. Reflejos en los cristales. Geranios a contraluz.




Chimal para mí es lo que la mayoría de la gente llamaría, supongo, "estar en familia". Ese Chimal de Ma. Eugenia es uno de mis lugares consentidos en el planeta.